LA PROMESA… ¡PETRA REVELA CÓMO LEOCADIA MATÓ A SU AMA EN CÓRDOBA!
Un asesinato enterrado durante 20 años está a punto de hacer temblar los cimientos de La Promesa
Durante más de dos décadas, un secreto terrible ha permanecido oculto, dormido bajo el polvo del tiempo, hasta que ahora amenaza con destruirlo todo en La Promesa. Petra, cuya voz creíamos apagada para siempre, ha abierto los ojos y con ellos trae un secreto capaz de aniquilar a Leocadia de manera definitiva. En la penumbra de su habitación, envuelta en el silencio casi sobrenatural del palacio, el tiempo parece haberse detenido, flotando como una mota de polvo iluminada por un rayo de luz. La atmósfera es opresiva, cargada con la angustia que ha consumido a Pía y a María Fernández durante tres interminables días a su lado. Sus rostros, demacrados y exhaustos, cuentan historias de noches sin sueño, de rezos silenciosos y súplicas que se perdían entre las vigas del techo.
El diagnóstico de tétanos había sido un golpe devastador, dejando un hilo de esperanza tan frágil como un suspiro. Cada hora transcurrida en el coma parecía acercarlas más al abismo. María Fernández se aferra al rosario con los nudillos blancos, moviéndolo de manera febril, mientras Pía, con una ternura desesperada, acaricia la mano fría y débil de Petra, intentando anclarla a la vida. “No nos dejes, Petra”, susurra con la voz rota, mientras lágrimas contenidas amenazan con escapar.
Y entonces ocurre lo impensable: un temblor casi imperceptible recorre los dedos de Petra. Pía se sobresalta, temiendo que su mente cansada le juegue una mala pasada, pero pronto comprende que no es un error. El movimiento se repite, esta vez con fuerza y determinación. “¡María, mira!”, grita Pía, poniéndose de pie, con el corazón desbocado. Los párpados de Petra tiemblan en una lucha titánica contra la oscuridad que la aprisiona. Finalmente, tras lo que parece una eternidad, sus ojos se abren. Velados por la confusión, pero vivos. Vivos.

El alivio es inmediato y abrumador. María deja caer el rosario al suelo con un tintineo que rompe la quietud. Petra, con esfuerzo sobrehumano, mueve los labios resecos, apenas susurrando. Las lágrimas de Pía, esta vez de pura emoción y alivio, recorren su rostro mientras abraza a su amiga. La noticia corre por el palacio: Petra ha despertado. El doctor González llega de inmediato, con el rostro solemne transformado en asombro genuino al examinarla. “Es extraordinario”, admite. La infección había avanzado de manera grave, pero el cuerpo de Petra ha logrado combatirla. Débil, sí, pero fuera de peligro.
Mientras los criados aplauden y celebran el milagro, Pía percibe algo inquietante: Petra no sonríe. Su rostro, pálido y demacrado, refleja un tormento profundo, y sus ojos parecen ver algo que los demás no pueden, un espectro del pasado que la persigue. La multitud celebra sin percibir la sombra que se cierne sobre ellas. Pía se acerca a la cama y pregunta suavemente: “¿Qué te pasa? ¿Te duele algo?”. Petra niega con la cabeza y, con una fuerza inesperada para alguien que acaba de salir del coma, agarra la muñeca de Pía. “Necesito hablar contigo… a solas”, susurra, y un escalofrío recorre la espina dorsal de su amiga.
El silencio de la habitación se torna eléctrico, cargado de tensión y presagio. Pía se sienta junto a Petra, con el corazón encogido. “¿Qué sucede, querida amiga?”, pregunta con voz impregnada de miedo y anticipación. Petra rompe a llorar, un llanto silencioso que refleja años de angustia contenida. “He estado al borde de la muerte, Pía. No puedo marcharme sin confesar la verdad. Debo hablar de Leocadia”, susurra, dejando caer un peso invisible sobre el aire de la habitación.
El nombre de Leocadia golpea con fuerza, como una losa de granito que cae en un pozo profundo. Petra comienza a relatar su historia: hace casi veinte años, mucho antes de convertirse en la altiva y refinada condesa del presente, Leocadia no era más que una joven sirvienta como ella, compartiendo las habitaciones del ala de servicio de la hacienda de los marqueses de Alvarado. Petra recuerda cada detalle, el miedo que sentía, la obediencia forzada, y cómo aquella joven que hoy reina con arrogancia sobre La Promesa había comenzado a forjar su ambición desde entonces.
El relato de Petra es escalofriante. Leocadia había empezado robando pequeños objetos, joyas y piezas de valor, hasta que la marquesa la confrontó. Y en lugar de confesar, Leocadia eligió un camino mucho más oscuro: asesinó a la marquesa envenenándola, asegurando su silencio y asegurando así su ascenso dentro del palacio. Petra recuerda cada instante, cada gesto: cómo Leocadia sirvió el té a la marquesa con esa sonrisa servil mientras el veneno hacía efecto, y cómo ella misma, paralizada por el miedo, no hizo nada para evitarlo. La muerte fue declarada natural, nadie sospechó nada, y Leocadia continuó su vida, perfeccionando su disfraz de doncella perfecta, hasta convertirse en la condesa que todos conocen.

El horror se intensifica cuando Petra explica cómo, al llegar a La Promesa con el varón de Grazalema, Leocadia la reconoció y se aseguró de mantenerla cerca, vigilada y controlada, obligándola a vivir veinte años en silencio y miedo. Cada gesto extraño, cada sumisión forzada de Petra en los últimos meses, cada mirada temerosa hacia Leocadia ahora cobra sentido: había sido una prisionera durante dos décadas, atrapada entre la amenaza y la culpa.
Pía, conmocionada, apenas puede articular palabra. “¿Cómo pudiste guardar esto durante tanto tiempo?”, pregunta, con el corazón encogido. Petra responde, con voz quebrada por los años de culpa: “Tenía miedo… ella decía que yo era cómplice. Si caía, yo caería con ella. Tenía razón. Podría haber salvado a la marquesa, pero me paralicé. Soy tan culpable como ella”.
Ahora, con Petra despierta y la verdad a punto de salir a la luz, la verdadera batalla apenas comienza. La Promesa está a punto de ser sacudida por una tormenta de secretos, traición y venganza. La información no puede permanecer encerrada en esa habitación: Alonso debe saberlo, Manuel debe saberlo, y Leocadia debe ser detenida. Petra asiente, consciente del riesgo, pero decidida a enfrentar las consecuencias de su silencio. El castillo de cartas que Leocadia ha construido durante años está al borde del colapso, y aunque ella es una superviviente nata, el peso de sus crímenes finalmente comienza a alcanzarla.
La tensión es insoportable. La Promesa se prepara para un giro devastador: secretos enterrados, confesiones largamente reprimidas y la inminente caída de una de las figuras más temidas del palacio. Nada será igual después de esta revelación, y el destino de Petra y Leocadia queda suspendido en un hilo, listo para romperse en cualquier momento.
Prepárense, porque lo que está por venir superará todo lo que se haya visto hasta ahora en La Promesa. La venganza, la justicia y la verdad finalmente se enfrentan cara a cara, y el palacio nunca volverá a ser el mismo.