LA PROMESA…¡SORPRESA DEVASTADORA! ¡CATALINA REAPARECE Y SALVA A LA FAMILIA DE LA RUINA!

La escena se abre sobre un amanecer pálido, casi metálico, que envuelve a la Promesa en un silencio que pesa como una lápida. Ese mutismo solo se rompe por una llamada urgente: Alonso quiere ver a Manuel y a Curro en su despacho. Pero el hombre que los recibe no es el patriarca invencible al que están acostumbrados, sino una sombra rota. Su rostro, surcado por ojeras profundas, delata una noche interminable en lucha con la derrota.

Sobre la mesa reposan montones de documentos bancarios marcados con sellos rojos. Advertencias, reclamaciones, avisos finales… una sentencia de muerte escrita en cifras. Alonso, con la voz temblorosa, por fin se atreve a confesar lo que lleva semanas ocultando:

—Debéis saberlo… La Promesa está perdida.

Un papel cruje entre sus manos. Manuel lo toma, lo observa incrédulo… y siente cómo el suelo se abre bajo sus pies. Curro, lívido, apenas consigue articular palabras al leer la cifra final.

—Padre… aquí dice que debemos más de 350.000 pesetas…

Alonso, hundido en la vergüenza, explica lo que ha provocado el desastre: las sustracciones de Leocadia, las decisiones equivocadas tomadas bajo su influencia, el desplome del mercado, los gastos sin control… Cada palabra es un golpe más contra el ataúd de la casa familiar. Y lo peor: los bancos les han dado solo sesenta días antes de ejecutar el embargo.

El eco de esa palabra—embargo—estalla en la estancia como una explosión. Perder el hogar de cinco generaciones significa perderlo todo. Esa misma tarde, Alonso reúne a la familia y al servicio en el gran salón. Allí anuncia que, si no consiguen una fortuna en dos meses, el palacio será confiscado. Peor aún, confiesa que ya no puede pagar salarios y todos serán despedidos. Las lágrimas corren silenciosas; la desesperación, por primera vez, es absoluta.

La Promesa - Leocadia está detrás de la marcha de Catalina

Lo que nadie imagina es que el futuro de la Promesa ya no depende de Alonso ni de sus hijos… sino de alguien a quien creen derrotada: Catalina. Meses atrás huyó del palacio destrozada, pero lejos de rendirse, viajó a Barcelona dispuesta a reinventarse. Con el apoyo de Adriano, su marido —un arquitecto brillante— consiguió presentarse ante el magnate Ricardo Vidal. No lo hizo como noble caída, sino como mujer de negocios con una idea arrolladora: construir viviendas modernas y asequibles para los trabajadores de una ciudad que crecía sin descanso.

Su visión convenció al magnate, que invirtió 50.000 pesetas. En tres meses ya tenían su primer edificio levantado y alquilado. Seis meses después, Catalina dirigía una empresa valorada en más de 800.000 pesetas. Lo guardó todo en secreto. Volvería a casa, sí, pero solo con la cabeza bien alta.

Y ese momento llega con una carta de Martina: “Estamos arruinados. Padre lo pierde todo. Ayúdanos.” Catalina sonríe. No con burla, sino con la serenidad de quien entiende, de pronto, cuál es su misión.

De vuelta en la Promesa, mientras los criados empacan sus pertenencias y Alonso firma papeles entre lágrimas, un carruaje imponente —negro y dorado, tirado por cuatro caballos— se detiene frente a la entrada. Todos se preparan para ver a un noble dispuesto a regodearse en su caída… pero de la portezuela desciende Catalina.

Transformada. Dueña de sí. Radiante.

La conmoción es absoluta. Manuel, Curro, Martina, incluso Alonso se quedan sin habla. Esa noche, Catalina revela la verdad: su empresa, Construcciones Catalina y Adriano, vale ya 850.000 pesetas. Y, con total serenidad, coloca sobre la mesa un cheque de 400.000.

—Liquidará todas las deudas y quedará dinero para empezar de nuevo —declara.

Pero tiene condiciones: modernizar el palacio por completo, crear un consejo de administración, asegurar derechos laborales para el servicio, destinar parte de las tierras a un proyecto inmobiliario y, sobre todo, ser tratada como una igual dentro de su propia familia. Alonso, conmovido y derrotado por la evidencia, acepta.

Las semanas siguientes son un torbellino de cambios. La Promesa florece con electricidad, calefacción, nuevas instalaciones y un aire de modernidad que escandaliza a los nobles más tradicionales. El duque de Zamora lanza críticas abiertamente: “Las mujeres no entienden de negocios.” Catalina lo fulmina con una sola frase: “Duque, yo he generado 850.000 pesetas en medio año. ¿Cuánto ha generado usted?” Él calla. La respuesta es obvia.

Los resultados no tardan en llegar: los gastos se reducen, el nuevo proyecto inmobiliario es un éxito rotundo y la fama de la Promesa renacida se extiende por todo el país. Catalina se convierte en referente, consejera de nobles y empresaria admirada. Incluso recibe una línea de crédito del Banco de España.

La Promesa: Catalina se marcha obligada por el barón de Valladares

Pero el éxito siempre alimenta la envidia.

El duque de Zamora, cegado por el rencor, trama una emboscada. Contrata a Rodrigo Salazar, un estafador capaz de lo peor, para incriminar a Catalina con 100.000 pesetas falsificadas. La trampa funciona. La policía llega, la detiene, y los periódicos la exhiben como criminal.

Pero Catalina no es de las que caen sin luchar.

Contrata al mejor detective de Madrid, quien en pocos días consigue la confesión por escrito de Rodrigo. En lugar de acudir a la policía inmediatamente, Catalina planea algo más audaz: convoca una gala benéfica en la Promesa. Reúne a todas las grandes familias, incluido el duque. En mitad del evento, expone la confesión y hace entrar a Rodrigo escoltado, obligándolo a declararlo todo ante cientos de testigos. El duque se derrumba públicamente. La policía llega para detener a los conspiradores.

Un año después, la Promesa vale más de dos millones de pesetas. Alonso brinda con orgullo: “Hace un año estábamos acabados. Hoy somos más prósperos que nunca gracias a mi hija.”

Catalina, rodeada de sus hijos y de Adriano, levanta su copa.

La Promesa no solo ha sobrevivido. Ha renacido.

Pero en ese mundo de privilegios, la envidia nunca descansa… y nuevos peligros ya acechan en la sombra.