LA TENSIÓN ENTRE ANDRÉS Y GABRIEL SUBE HASTA LLEGAR A UN PUNTO CRÍTICO EN SUEÑOS DE LIBERTAD
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En esta ocasión nos centraremos en el regreso de Andrés, un retorno que no ha traído la calma que todos esperaban. Más bien, ha provocado un auténtico revuelo, sobre todo con su padre y con Begoña. Sin embargo, no es únicamente eso: su comportamiento hacia quienes lo rodean ha cambiado de manera radical. Quienes lo conocen bien perciben un Andrés distante, frío y desconcertante, como si las secuelas del accidente no fueran solo físicas, sino también profundas en su carácter. La gran pregunta que todos se hacen es si revelará lo que descubrió en Tenerife. Lo que trajo consigo de aquel viaje parece pesar más que las maletas que lleva.
El capítulo comienza en la habitación de María. Andrés está solo, moviéndose en un silencio tenso y contenido. Dobla sus camisas con precisión, guarda objetos personales en una maleta que ya no parece suya, evitando en todo momento detenerse a reflexionar. Su respiración es firme, casi forzada, como si necesitara concentrarse para no perder el control.
Cuando María entra, Andrés no se gira de inmediato. Finalmente, dice con voz mesurada: “Le pediré a Manuela que mañana me cambie el resto de mis cosas a la nueva habitación”. María, sorprendida y confundida, le pregunta qué está haciendo, con un tono que mezcla fragilidad y determinación, tratando de entender si Andrés planea marcharse nuevamente. Él responde sin mirarla demasiado: “Me voy al cuarto de invitados. Está a unos metros. No me voy muy lejos”.

El desinterés de Andrés hiere a María profundamente. Ella da un paso hacia él con ayuda de sus muletas y le pregunta qué pensarán los demás al verlo abandonar la habitación matrimonial. Andrés, sin rastro de emoción, responde: “A nadie le va a sorprender. Todos saben que nuestro matrimonio está roto desde hace tiempo”. María queda inmóvil por unos segundos, intentando comprender cómo puede hablar con tanta distancia. Ella insiste: “Lo estábamos recomponiendo. Andrés, tú mismo dijiste que las cosas estaban empezando a mejorar”. Andrés deja escapar una risa breve, seca, cargada de amargura.
“María, por favor, no lo hagas más difícil. Ha ocurrido un milagro con tu recuperación y ya no me necesitas”, dice Andrés. Las palabras golpean a María con fuerza. Respira hondo y replica con firmeza: “Claro que te necesito. No digas eso. Y tú también me necesitas a mí”. La frase queda suspendida en el aire. Andrés se detiene, se acerca a ella, mirándola directamente, pero su expresión sigue fría, como si algo dentro de él se hubiera endurecido.
“¿Te refieres al accidente? ¿A mis fallos de memoria?” pregunta con ironía, “porque te aseguro que recuerdo mucho más de lo que imaginas”. La tensión aumenta. María, sintiendo que la acusación apunta a algo específico, menciona la carta de Francia, aquella que Andrés asegura nunca haber recibido y que ella tuvo que mostrarle a Begoña. Andrés frunce el ceño: “Negaste haber recibido correspondencia cuando te pregunté”, dice con voz baja pero firme. María, con manos temblorosas, abre un cajón, saca la carta y se la muestra.
“Te la di. La guardaste tú mismo”, replica Andrés mientras avanza hacia ella con pasos medidos. Toma la carta, la revisa y luego la observa fijamente, con una mezcla de furia contenida y desconcierto. El silencio se prolonga varios segundos, solo interrumpido por la respiración profunda de Andrés, como intentando controlar su ira. María rompe el silencio: “Aún tienes fallos de memoria, Andrés. Y este carácter tan irritable. Estoy segura de que todo se debe a las lesiones del accidente”. Andrés sigue mirando la carta y responde con un resentimiento que hiela el aire: “Es posible. Y será mucho más cómodo para ti no tener que aguantar mis arrebatos ni mis problemas de memoria”.
María, conmovida, deja las muletas, lo toma del cuello y lo acerca hacia ella. “A mí eso no me importa. Yo quiero estar contigo en lo bueno y en lo malo”, le dice con voz quebrada. Andrés la sostiene para que no caiga y la ayuda a sentarse en la cama. Ella insiste: “Te quiero. ¿Sabes que te quiero, verdad?” Él no responde. Se levanta, recoge las muletas del suelo y se las entrega, tomando su ropa sin mirarla. Se inclina hacia su oído y susurra con un tono helado, completamente distinto al hombre que era antes del accidente: “No me vas a engañar nunca más”.
La frase queda vibrando en la habitación mientras Andrés sale sin mirar atrás. Al abrir la puerta, se encuentra con Gabriel en el pasillo, quien lo observa con una sonrisa irónica, esa que siempre parece esconder más de lo que dice. Andrés comenta con tono seco: “Tu regreso ha sido un descanso para todos”. Gabriel lo mira de reojo y replica con su habitual ironía: “Curiosa forma de describirlo”.
Gabriel continúa con una sonrisa falsa: “Bueno, un alivio si prefieres. La verdad es que Begoña y yo lamentamos que te fueras después de un acontecimiento tan importante para nosotros”. Andrés responde con frialdad: “Un acontecimiento precipitado, en el que no contaste con la familia”. Gabriel se ríe: “Fue una locura romántica. Más por parte de Begoña que tuya, debo admitirlo. Pero lo importante es que estés aquí. Todos nos quedamos desconcertados cuando te fuiste, sobre todo tu padre, que lo ha pasado muy mal últimamente”. Andrés desvía la mirada, pero su voz permanece fría: “Sí, por él es por quien más lo siento”.

Gabriel agrega con tono serio: “Imagínate, pensamos incluso que te habría pasado algo relacionado con la amnesia, que tal vez habías aparecido en Francia”. Andrés lo interrumpe: “Francia. No tendría nada que hacer allí”. Gabriel lo observa con atención, intentando descifrar si dice la verdad o si oculta algo. Luego añade: “Quería comentarte otra cosa. Para mí lo más importante ahora es la tranquilidad de Begoña. Y tengo la sensación de que algunos de tus comportamientos la incomodan, ya sabes, por su estado”.
Andrés lo mira unos segundos y responde con firmeza: “No te preocupes, tengo muy presente su estado. Para mí es importante el bienestar de cada miembro de mi familia: Begoña, Julia, Marta, mi padre…” Gabriel completa la frase: “María, tu esposa”. La mención queda suspendida en el aire. Andrés reacciona de inmediato: “Perdóname, Gabriel, pero necesito descansar. Ha sido un día muy largo”. Se retira sin mirar atrás, caminando por el pasillo con cuidado, consciente de la mirada de Gabriel clavada en su espalda. Gabriel permanece, observando con desconfianza, como si lo que acaba de presenciar confirmara sospechas que ya tenía.
Alejado de la habitación matrimonial, Andrés siente el peso de cada paso, como si cada movimiento lo acercara más a una verdad que aún no está listo para revelar. Algo trajo de Tenerife, algo que podría cambiarlo todo. ¿Revelará finalmente lo que descubrió y la razón de su comportamiento frío y distante? ¿Podrá María recuperar su confianza ahora que él asegura recordar más de lo que imagina? ¿Gabriel descubrirá a dónde fue realmente Andrés y qué secretos oculta?
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