Leocadia descubre los crímenes de Cruz relacionados con Tomás y la envía a prisión | La Promesa
En los próximos capítulos de La Promesa, la verdad finalmente saldrá a flote. Todo comienza cuando Leocadia, por pura casualidad, escucha una conversación entre Jana y Teresa y descubre que Cruz guarda una habitación secreta. A partir de ese instante, la mujer quedará atrapada en una cadena de descubrimientos que incluyen documentos escondidos, pistas sobre la muerte de Tomás y mentiras capaces de cambiar para siempre el destino de la hacienda.
En los últimos días, Leocadia había percibido una inquietud difícil de definir. No era algo visible ni un hecho concreto, sino una acumulación de gestos y silencios: Teresa parecía cada vez más nerviosa, Jana callaba demasiado, y hasta los pasillos del palacio se sentían cargados, como si contuvieran un secreto a punto de revelarse. Con tantos años sirviendo a la familia, Leocadia sabía identificar cuando algo andaba mal, aunque jamás habría imaginado que todo empezaría con un simple momento fortuito.
Aquella tarde caminaba por el corredor oriental llevando ropa limpia hacia la cocina. Nada indicaba que su jornada pudiera cambiar, pero al pasar junto a una pequeña habitación escuchó la voz de Teresa tras una puerta entreabierta. No pretendía fisgonear, pero al oír claramente los nombres de Cruz y “habitación secreta”, se quedó paralizada, consciente de que aquellas palabras podían significarlo todo.
Dentro, Jana hablaba con una tensión evidente. Le advertía a Teresa que debían ser prudentes: si Cruz llegaba a descubrir que conocían la existencia de aquella puerta oculta, todo terminaría antes de que pudieran reunir pruebas. Teresa respondió, nerviosa, preguntando si realmente creía que allí se guardaban documentos importantes y si aquello podía estar relacionado con lo que le ocurrió a Tomás. El corazón de Leocadia dio un vuelco. Tomás, el joven amable cuya muerte jamás encontró explicación, volvía a mencionarse junto al nombre de Cruz.

Jana continuó explicando que había visto la noche anterior la puerta oculta, tapada bajo una alfombra en la habitación privada de Cruz. Aseguraba que algo importante debía esconderse allí dentro. Teresa, asustada, se preguntaba qué podía guardar la marquesa con tanto celo. Leocadia, aún inmóvil en el pasillo, apenas podía creer lo que escuchaba. Siempre supo que Cruz era una mujer fuerte y orgullosa, pero no imaginó que pudiera estar envuelta en algo tan sombrío.
Los pasos de Teresa acercándose la obligaron a ocultarse en un rincón en penumbra. Por suerte, Teresa solo cerró la puerta, sin salir. Las palabras ya habían quedado grabadas en la memoria de Leocadia, y mientras se alejaba sintió cómo el miedo se mezclaba con una creciente necesidad de saber la verdad.
Aquella noche no logró dormir. Las frases de Jana resonaban en su mente: la puerta secreta, las pruebas, Tomás… Comprendió que no podía seguir siendo espectadora. Si lo que sospechaban era real, alguien debía hacer algo. Por primera vez, comprendió que ese alguien podía ser ella misma. Había sido arrastrada involuntariamente a una red de secretos y silencios, y ya no había marcha atrás.
A la mañana siguiente intentó actuar con naturalidad mientras observaba a Jana y Teresa. Parecían trabajar como siempre, pero sus miradas delataban inquietud. Jana aferraba un pequeño manojo de llaves con nerviosismo y Teresa vigilaba constantemente el pasillo que llevaba a los aposentos de Cruz. Cuando Leocadia les preguntó si ocurría algo, ambas intentaron negar su nerviosismo, pero era evidente que estaban escondiendo algo importante.
Al mediodía, cuando Alonso y Cruz salieron a recibir visitas, el ambiente del palacio pareció aligerarse. Era el momento que Jana y Teresa esperaban. Leocadia, que pasaba por allí, vio cómo las jóvenes se intercambiaban una mirada decidida antes de dirigirse hacia la habitación privada de Cruz. Aunque sabía que no debía seguirlas, la inquietud pudo más que la prudencia y las persiguió a distancia.
Jana movió el pesado tapiz que cubría la pared, revelando una puerta disimulada. Con manos temblorosas introdujo una llave oscura y un leve clic confirmó que habían logrado abrirla. Al empujar, la habitación secreta quedó al descubierto, impregnada por olor a papel antiguo. Los muros estaban llenos de documentos, cartas y cuadernos cuidadosamente ordenados. Leocadia, escondida en la esquina del pasillo, se llevó una mano a la boca, horrorizada.
Dentro, Jana pidió a Teresa que tuviera cuidado: cualquier cosa podía convertirse en una prueba contra Cruz. Y entonces ocurrió: Jana encontró papeles escritos de puño y letra de la marquesa relacionados con Tomás. La revelación casi hizo flaquear a Leocadia. Jana le explicó a Teresa que aquello demostraba que Cruz había engañado a todos, incluso a Alonso. Era la prueba para expulsarla del palacio.
Leocadia no pudo contenerse más. Avanzó hasta la puerta y las jóvenes, sobresaltadas, la descubrieron allí. Les confesó que lo había escuchado todo y que ya no podía callar. Tras un instante de duda, Jana la dejó entrar, advirtiendo del peligro. La habitación era un archivo oculto lleno de secretos familiares. Leocadia tomó un documento y, al leerlo, entendió que la muerte de Tomás no fue un accidente. Cruz había ocultado información durante años con fría determinación.
Las tres coincidieron en que la verdad debía salir a la luz. Alonso tenía que saberlo. Con un cuaderno decisivo entre las manos, se dirigieron a su despacho. El marqués se sorprendió al verlas juntas, pero su expresión cambió al escuchar que el asunto tenía que ver con Cruz. Cuando le entregaron los documentos, Alonso leyó horrorizado. Las palabras de su esposa revelaban engaños, manipulaciones y secretos imperdonables. Al comprender lo que significaba, declaró con voz helada que Cruz debía abandonar la hacienda.
Casi en ese mismo instante, la marquesa entró en el despacho. Al ver el expediente en manos de Alonso comprendió que todo había terminado. Él la enfrentó sin suavidad, acusándola de haber escondido información sobre Tomás y otros asuntos graves. Cruz intentó defenderse, pero Jana reveló que habían encontrado todo en su cuarto secreto. La marquesa, furiosa, exigió saber cómo habían osado entrar allí, pero para Alonso ya no había dudas: debía marcharse. No era más la señora de La Promesa.
Cruz, herida en su orgullo, salió sin decir una palabra más, pero en su mirada quedó un brillo inquietante, mezcla de rencor y amenaza. Nadie la siguió. Nadie lloró su partida.
Leocadia, junto a Jana y Teresa, observó cómo la carroza de Cruz se alejaba. Aunque Teresa creyó que todo había terminado, Leocadia sabía que aquello era apenas el comienzo. La verdad había salido a la luz, pero las consecuencias apenas empezaban. Desde ese día, nada en La Promesa volvería a ser igual.