LOS SECRETOS QUE ACECHAN A SAMUEL Y MARÍA || CRÓNICAS e HISTORIAS PARALELAS de La Promesa Series

Hola, ¿qué tal? Soy tu Gustav… 

Gustav vuelve, como cada domingo, para presentar una nueva entrega de las historias paralelas. En el capítulo anterior vimos cómo Samuel, tras años de lucha interna, tomó la decisión más difícil de su vida: dejar el sacerdocio por amor a María. Ella, rota y asustada por su embarazo, le confesó la verdad creyendo que su relación era imposible. Samuel, lejos de huir, pidió la dispensa, abandonó la sotana y la convirtió en su esposa.
La boda, sencilla y sin adornos, dio paso a su llegada a la imponente casa Quinserheim, donde los verdaderos duques —los padres de Samuel— los recibieron con una cortesía tan rápida como inquietante. La primera noche dejó señales extrañas: pasos, cuadros movidos, puertas que se cerraban solas, sombras del pasado que parecían volver a atraparlo. Allí terminó el primer capítulo, con María, embarazada y vulnerable, empezando a comprender que aquella casa ocultaba más de lo que mostraba.

Ahora, Eduardo toma el relevo para narrar cómo continúa la historia.
La noche avanza lentamente entre susurros y recuerdos que no dejan dormir a María. Sueños inquietos atormentan a Samuel, mientras ella siente que la casa la observa. Pasos silenciosos en el pasillo, una voz que susurra su nombre y un retrato torcido con un antepasado que se parece demasiado a su esposo la ponen en alerta.
Aunque intenta convencerse de que todo es producto del cansancio, el malestar persiste.

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Al amanecer, durante el primer desayuno con los duques, María se enfrenta a miradas calculadoras, comentarios cargados de intención y una frialdad educada que la deja exhausta. Se ve obligada a huir del salón por un mareo, mientras Samuel le recuerda que aún no ha llegado el momento de decir toda la verdad sobre el bebé.

 

Más tarde, recorre la mansión acompañada por la duquesa y descubre puertas cerradas, rincones vedados y miradas del servicio cargadas de silencios. Conoce a Emma, una joven sirvienta que le advierte en secreto que tenga cuidado: en esa casa nadie actúa sin pagar un precio, ni siquiera Samuel, que años atrás provocó la ira del duque al abandonar el futuro que estaba trazado para él.

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La cena formal solo confirma el ambiente hostil. Invitados impecables, conversaciones de clase alta y una obsesión evidente por los herederos. Mientras todos intentan medirla, María siente que su presencia es examinada como parte de un plan mayor.

Esa noche, el duque exige hablar con Samuel en privado. María, inquieta, escucha desde el pasillo la discusión entre padre e hijo. El duque lo acusa de haber arruinado años de preparación y de haber elegido una vida indigna de su apellido. Samuel intenta defender su nuevo camino, pero el duque deja claro que solo quiere al nieto que asegure la continuidad del linaje, y que considera a María únicamente un medio útil para ese propósito.

Cuando Samuel vuelve a la habitación, derrotado, María lo consuela y ambos se reafirman en su decisión de mantenerse unidos, pase lo que pase.
Mientras duermen, ajenos a lo que se mueve en la oscuridad, el duque ya ha empezado a actuar. En su despacho, con una frialdad impecable, anota un plan: si Samuel no cede, usará a su esposa… o al niño.

La casa, silenciosa y antigua, parece haber tomado partido. Y no por ellos.