Manuela confiesa a su sobrina que ha empezado a tener sentimientos por Damián – Sueños de Libertad
Venga, Tita, por favor. Deje ya de darle vueltas a la croqueta, que la va a deshacer de tanto empujarla, y dígame de una vez lo que le pasa.
No será… no será que está usted empezando a…
“¿A qué?”, pregunta ella, intentando mantener la compostura mientras evita mirarla directamente.
“Pues a sentir algo por don Damián.”
“¡Qué disparate, por Dios bendito!” exclama Tita, llevándose la mano al pecho como si la hubieran acusado de un crimen gravísimo. “Ay, Virgen santísima, las cosas que hay que oír en esta casa…”
“Tita, venga ya. Por favor. Deje de rezar y de hacerse la sorprendida. Dígame la verdad de una vez. ¿Siente algo por él, sí o no?”
El silencio se estira unos segundos. Ella suspira, mira la bandeja, la mesa, cualquier cosa que no sean los ojos de Claudia. Finalmente, con un hilo de voz, confiesa:
“Pues sí.”

Luego se apresura a añadir:
“¡Hala! Ya está dicho. Y ya sé que es un disparate, ya sé que no puede ser… pero sí. Siento algo. No puedo evitarlo. Lo intento, pero… no puedo.”
La música suena a lo lejos, casi como si acompañara la confesión que llevaba semanas, quizá meses, queriendo salir.
“Yo sé perfectamente que esto no va a ningún lado”, continúa Tita, ahora más suelta, como si al decirlo en voz alta hubiese aliviado una presión interna que la mantenía en tensión. “Sé que entre él y yo no puede haber nada. Pero don Damián…”
Hace una pausa, buscando las palabras.
“Don Damián siempre se ha comportado conmigo tal y como es. Tan recio, tan firme… y al mismo tiempo tan frágil. Tan humano.”
Sus ojos se humedecen.
“Verlo ahora sufrir así… y estar a su lado cada día… verlo roto, vulnerable… me ha removido algo aquí dentro que ni yo conocía. Algo que llevaba mucho tiempo dormido, o que pensé que ya no existía.”
Claudia abre los ojos de par en par.
“Ay, Tita… Dios mío de mi vida.”
“Sí, sí”, continúa Tita, “ya sé que esto no va a ninguna parte. Que él y yo somos lo que somos: señor y criada. Eso hemos sido siempre y eso seremos toda la vida. Pero… eso no impide que yo sienta lo que siento. No puedo hacer como que no pasa nada. Por más que lo intente.”
Claudia respira hondo.
“¿Desde cuándo lleva usted así?”
“No lo sé”, responde ella sinceramente. “No sé ponerle fecha. Lo único que sí sé es que sentir esto me está afectando. Sufro por él, por lo que le pasa, por su dolor… pero también sufro por mí. Por lo que no puede ser. Por lo que no debo permitir.”
“Claudia…” dice de pronto Tita, con un temblor en la voz, “¿no estará usted pensando… en dejar la casa?”
La pregunta cae pesada, como una piedra en medio de un estanque.
Claudia baja la mirada.
“Sí… sí que se me ha pasado por la cabeza.”
Tita se endereza, alarmada.
“¿Cómo que sí? ¡Ni se le ocurra!”

“Pero es que no quiero hacerlo”, aclara Claudia rápidamente. “No quiero irme. Soy mayor, ¿dónde iba a ir? ¿Qué trabajo me iban a dar fuera de aquí, en Toledo? Tendría que marcharme lejos, muy lejos… alejarme de usted… y eso sí que no lo soportaría. Me muero, me da algo. No quiero ni pensarlo. No quiero.”
“Tita…”, dice Claudia, tocándole el brazo con suavidad.
“¿Y entonces qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer las dos?” pregunta Tita con angustia, como si necesitara una salida que aún no existe.
Claudia cierra los ojos un instante, reflexionando.
“Tendremos que… tragarnos lo que sentimos. Eso. Tragar y aguantar. Y esperar a que pase.”
“¿A que se le pase?”
“No, a que se nos pase a las dos”, responde Claudia con una media sonrisa triste. “Como me pasó a mí con Raúl.”
La música vuelve a sonar, esta vez más tenue, como si acompañara el peso de esas palabras que ambas conocen demasiado bien.
Tita intenta bromear, aunque su voz está cargada de emociones contenidas:
“Ten cuidado, a ver si te voy a manchar con la croqueta, que llevo media hora dándole vueltas…”
Las dos se ríen suavemente, con esa mezcla de humor y tristeza que aparece cuando la vida se complica y no queda más remedio que seguir adelante… aunque duela, aunque queme, aunque el corazón insista en lo que la razón tiene prohibido.