Marta y Cloe hacen las paces tras su bronca por los uniformes – Sueños de Libertad
🔹 SPOILER: Ajustes en los uniformes y tensiones culturales 🔹
El ambiente en la oficina de la tienda estaba más tranquilo de lo habitual, pero podía sentirse una tensión latente en el aire. Marta y su interlocutor se encontraban cara a cara, y aunque la conversación parecía a simple vista un intercambio rutinario sobre los uniformes, en el fondo cargaba con mucho más peso: la reputación de la empresa, la comodidad de las trabajadoras y, sobre todo, la necesidad de respetar las costumbres locales sin perder la identidad de la marca.
“Le escucho”, dijo Marta, con voz calmada pero firme, mientras se acomodaba en su silla y estudiaba al detalle la reacción de su compañero. Había algo en su mirada que indicaba que estaba dispuesta a admitir errores, y eso ya era un primer paso hacia la reconciliación. “Ayer, cuando hablamos sobre el tema de los uniformes y los logos, creo que fui muy tajante con usted. Estuve muy a la defensiva”, reconoció finalmente, con un dejo de sinceridad que no se había atrevido a mostrar antes.
Su interlocutor asintió lentamente, con una expresión que mezclaba comprensión y alivio. “Yo también lo creo, la verdad”, respondió, aceptando la autocrítica. Era evidente que ambos habían estado cargados de tensión el día anterior, defendiendo posturas opuestas sin realmente escuchar los argumentos del otro. Sin embargo, hoy la situación parecía distinta, más madura y abierta a la conciliación.

“Pero hoy he entendido que solo trataba de advertirme sobre las costumbres de este país. No más que insistirle en ello”, continuó Marta, dejando ver que ahora comprendía la perspectiva de su interlocutor. Había algo más profundo que una simple discusión sobre estética: se trataba de proteger la imagen de la empresa y, más importante aún, de proteger a las chicas que trabajaban en la tienda de situaciones incómodas o conflictivas.
Su compañero, con una leve sonrisa, le respondió: “Le insisto en que España está bastante más lejos de Francia de lo que cualquier mapa le pueda señalar”. La frase, aunque parecía ligera, llevaba consigo una advertencia y un recordatorio de las diferencias culturales que no podían ignorarse. Marta, con una sensación de culpa mezclada con comprensión, asintió: “Hoy lo veo con más claridad y lamento mucho no haberle prestado más atención”.
“Me alegro oírla”, respondió su interlocutor, con un dejo de satisfacción. Era evidente que aquel gesto de humildad y reconocimiento estaba suavizando cualquier tensión previa y abriendo la puerta a soluciones conjuntas. Marta, después de reflexionar un momento, continuó: “Por eso, después de darle muchas vueltas, creo que usted tiene razón y que debemos de hacer cambios en los uniformes. Pero antes, me gustaría escuchar de su boca que acepta mis disculpas”.
“Disculpas aceptadas, por supuesto”, respondió su interlocutor sin vacilar, y Marta percibió que la sinceridad en su tono era auténtica. No se trataba de una simple formalidad: había un verdadero entendimiento entre ambos, un reconocimiento mutuo de errores y un compromiso de trabajar juntos para mejorar.
“No quiero que piense que comulgo con el conservadurismo de esta sociedad. Mi objetivo es evitar problemas a la empresa y, sobre todo, a las chicas”, aclaró, enfatizando que su intención no era limitar la creatividad ni imponer restricciones injustas, sino proteger a las empleadas de situaciones incómodas y de críticas innecesarias. Marta, conmovida por la claridad y la buena fe de su interlocutor, respondió: “Se lo agradezco muchísimo”.
“No tiene nada que agradecerme”, replicó con firmeza, dejando claro que lo que estaba haciendo era un acto de responsabilidad y cuidado hacia todos los involucrados. La conversación, que había comenzado con un tono de tensión, empezaba a transformarse en un diálogo de respeto mutuo y cooperación.
Marta, curiosa y ansiosa por entender mejor la postura de su interlocutor, preguntó con suavidad: “Puedo preguntarle a qué ha venido ese cambio de opinión tan súbito?”. La pregunta, cargada de interés genuino, recibió una respuesta enigmática: “No quiera saberlo”. Esta negativa despertó aún más la curiosidad de Marta, pero también dejó espacio para que la otra persona compartiera los detalles en sus propios términos, sin presiones.
“Ahora me interesa todavía más”, admitió Marta, animando a que su interlocutor se sintiera cómodo para hablar. Él, tomando aire, comenzó a relatar lo sucedido: “Hace un momento, en el patio, he tenido un encuentro… bueno, mejor dicho, un encontronazo con el párroco de la colonia”. Marta arqueó una ceja, sorprendida pero intrigada, mientras escuchaba con atención.
“¿Con la iglesia hemos topado?”, preguntó con un dejo de humor irónico, anticipando la tensión que podría haber surgido. Su interlocutor asintió, y continuó: “¿Ha conocido usted a don Agustín?”. Marta frunció el ceño levemente, reconociendo el nombre de alguien que podía ser un personaje problemático en el contexto local.
“El mismo. El muy Asulón ha intentado hacerme sentir muy mal por mi indumentaria”, confesó, con un tono que mezclaba frustración y cierta incomodidad. Marta, comprensiva, respondió de inmediato: “No se lo tome como algo personal. Podría haber sido su indumentaria, que no haya asistido el domingo a misa o un donativo poco generoso”. La joven entendía que, a veces, la crítica de ciertas figuras locales no era una cuestión de gustos personales, sino de costumbres y expectativas sociales.
“Yo le he dejado muy claro que no voy a aceptar ningún tipo de crítica por su parte”, continuó él, mostrando firmeza y determinación. Marta asintió, reconociendo la necesidad de poner límites claros, pero también la vulnerabilidad que había sentido su compañero: “¿Ha hecho usted bien si no le paró los pies a tiempo a don Agustín? Tiene cierta tendencia a rolar”, dijo con un toque de humor, aunque sabía que la situación había sido incómoda.
“Sí, sí, sí, lo ha intentado. Me da un poco de vergüenza admitirlo, pero me ha hecho sentir un poco incómoda”, añadió Marta, con sinceridad. Su interlocutor sonrió y le tranquilizó: “No le haga caso. Don Agustín tiene sedón, especialmente con las mujeres”. La tensión se suavizó, y Marta comprendió que, por un instante, había empatizado con las chicas de la tienda, poniéndose en su lugar y reconociendo que exponerlas a críticas similares sería injusto.

“Por eso, por un momento, me he puesto en el lugar de las chicas de la tienda y creo que sería injusto hacerles pasar esos malos ratos con los don Agustínes de turno y con las doñas Agustinas de turno, que las hay, créame, y muchas”, explicó Marta, con seriedad y convicción. “Broser Paris entiende que tenemos que hacer estos cambios en el uniforme por el bien de las chicas”, concluyó, dejando clara la prioridad de la empresa: proteger a las empleadas y garantizar un entorno seguro y respetuoso.
Su interlocutor, con un gesto de aceptación, respondió: “Pues lamento las molestias, pero estoy de acuerdo. Creo que sea un cambio para mejor”. La conversación, que había comenzado con tensiones y malentendidos, terminó en un acuerdo firme, con ambos comprometidos a implementar los ajustes necesarios en beneficio de todos.
Marta sonrió con alivio y determinación: “Entonces, ¿puedo contar con usted para hacer esos ajustes en el uniforme?”. Su interlocutor asintió sin dudar: “¿Qué me dice, doña Marta?”. Ella, con un toque de humor y complicidad, respondió: “Que será un placer”. El acuerdo estaba sellado, y con ello, la seguridad, la comodidad y el respeto de todas las chicas de la tienda quedaban garantizados.
El día, que había empezado con malentendidos y tensiones culturales, culminó en un momento de cooperación, aprendizaje mutuo y respeto. Marta, satisfecha, sabía que aunque los cambios podían parecer pequeños, en realidad representaban un gran paso hacia un entorno laboral más justo y seguro, y una lección de humildad, empatía y liderazgo para todos los involucrados.