‘SUEÑOS DE LIBERTAD’: BEGOÑA Y GABRIEL SE CASAN A ESCONDIDAS MIENTRAS ANDRÉS SE DERRUMBA
El recuerdo del capítulo anterior todavía pesa en la memoria de Begoña
Begoña despierta con la luz de la mañana atravesando la casa, clara y directa, como si anunciara un día de decisiones definitivas. A pesar de sentir que ha descansado lo suficiente, el recuerdo de la conversación con Andrés sigue latiendo en su piel, aquella confesión que la sacudió y la obligó a mirar a Gabriel con un dejo de desconfianza que no quería reconocer. Sin embargo, también recuerda haber entendido de inmediato que el miedo de Andrés a perderla nublaba su juicio; no hablaba desde la verdad, sino desde un temor que deformaba la realidad y convertía sombras en certezas inexistentes. Ese entendimiento doloroso pero liberador la empujó finalmente a tomar una decisión que llevaba tiempo postergando: fijar una fecha próxima para su boda y cerrar cualquier puerta que pudiera mantenerla atrapada entre lo que fue y lo que ya no podría regresar.
Mientras camina por los pasillos, con el corazón acelerado, piensa en Gabriel y en todo lo que han tenido que superar para imaginar un futuro juntos. No es un amor sencillo ni exento de obstáculos; está construido sobre heridas compartidas, silencios necesarios y la insistencia de acompañarse sin dejar que la culpa o fantasmas externos interfieran. Amar a alguien como Gabriel implica aceptar territorios ásperos, rincones donde el pasado sigue respirando, pero hoy Begoña siente que algo se ordena dentro de sí: finalmente ha elegido el camino que su corazón desea seguir.
En otra parte de la colonia, el ambiente se siente más denso. Don Agustín, rígido y molesto por dentro, se dirige a la cantina repasando su frustración: desde la llegada de los franceses, su voz ha perdido peso y su autoridad tradicional parece amenazada por Chloe y las directrices de Brosart. Cuando se topa con unos feligreses frente a la tienda, su comentario crítico hacia la francesa no tarda en ser descubierto; Chloe aparece detrás de él, con la mirada firme y silenciosa, dejando claro que cualquier palabra imprudente puede ser reportada. La advertencia, cortesía contenida, lo irrita y le recuerda que su influencia ya no es absoluta.

Mientras tanto, Manuela observa con creciente inquietud la fragilidad emocional de Damián, quien ha demostrado incapacidad para enfrentar la reciente caída de María. Siente que el patriarca atraviesa un punto de quiebre peligroso y, después de dudar, decide acudir a Digna en busca de consejo. La reacción de Digna la sorprende: aunque siempre firme, el estado de Damián la conmueve, y en un gesto impulsivo pero humano, decide apoyar también a Joaquín con su empresa de embalaje, entendiendo que fortalecer a sus hijos es sostener la colonia misma.
En un rincón más tranquilo, Begoña y Gabriel se reúnen en secreto. Su boda, planeada con urgencia, es un acto de afirmación: un compromiso silencioso, lejos de expectativas externas, que simboliza la voluntad de cerrar heridas y caminar juntos pese a los temores. Sin embargo, la oposición no tarda en aparecer. Don Agustín ve la inminente boda como un desafío a su autoridad y tradición, mientras Andrés, al enterarse, reacciona con desesperación y celos que lo empujan hacia la irracionalidad.
Simultáneamente, Chloe y Marta intentan conciliar sus diferencias al definir los uniformes del personal. Lo que podría haber sido una reunión superficial se convierte en un acto de compromiso: Marta reconoce la elegancia de la modernidad francesa, y Chloe valora la identidad artesanal de la perfumería. No se hacen amigas instantáneamente, pero logran un terreno común, una tregua simbólica en medio de tensiones crecientes.
En la colonia, Maripaz empieza a mostrar signos inquietantes de fragilidad emocional. Claudia percibe sus conductas extrañas y entiende que algo grave se está gestando, aunque todavía no logra identificarlo. La tensión se siente en todas partes: en la fábrica, en la tienda, en los hogares. La colonia parece contener el aliento mientras las decisiones, urgentes y cargadas de emociones, comienzan a mover el destino de todos.
Begoña, revisando papeles, vuelve una y otra vez a la conversación sobre la boda con Gabriel. Aunque segura de su decisión, un torbellino de nervios la acompaña: no duda de su amor, pero teme que la felicidad lograda en la fragilidad emocional pueda romperse por fuerzas externas. Andrés, mientras tanto, deambula por la colonia, intentando ordenar su confusión y el dolor que le provoca perder a Begoña. La certeza de que ella se ha decidido por otro lo sacude: lo que antes creyó propio se desvanece, y su impulso de intervenir nace del dolor, no de la razón.
En la iglesia, don Agustín lucha con sus propios conflictos: la boda le parece precipitada y con demasiadas historias sin resolver, y aunque busca prudencia, intuye que la intervención de Andrés podría generar un conflicto mayor. Digna, por su parte, trabaja junto a Joaquín en la fábrica, intentando aportar equilibrio en medio de la tensión emocional que amenaza con desbordar a toda la colonia. Claudia se mantiene atenta a Maripaz, temiendo que su desconexión sea el inicio de algo más serio.
La boda finalmente se acerca. Begoña ajusta su vestido con nervios y determinación, consciente de que su decisión no es fruto de la euforia, sino de una madurez construida con dolor y tiempo. Gabriel, preparándose en silencio, siente que es momento de cerrar heridas y caminar hacia lo desconocido con Begoña. Ambos saben que el acto es arriesgado, que las fuerzas externas podrían interponerse, pero la certeza interna los impulsa a seguir.
Cuando Andrés entra en la iglesia, el aire se carga de tensión. Se enfrenta al dolor de lo inevitable: Begoña avanza hacia su felicidad sin él, y su presencia es a la vez un intento de intervenir y una necesidad de presenciar lo que ya no puede controlar. El encuentro con Gabriel es silencioso pero intenso, lleno de reconocimiento mutuo y emociones contenidas.

Begoña llega al altar con Luz acompañándola. Su mirada revela nerviosismo y firmeza, consciente de que su libertad y decisión son el eje de este momento. Gabriel percibe la tensión, pero la presencia de Begoña calma algo dentro de él: ambos avanzan hacia un acto que exige valentía y sinceridad frente a un entorno que no siempre los comprende.
El silencio domina la iglesia mientras la ceremonia comienza. Las palabras del sacerdote sobre compromiso, respeto y responsabilidad flotan en el aire, conectando pasado y futuro. Andrés, con lágrimas contenidas, comprende la magnitud de lo que está ocurriendo: la aceptación de un amor que ya no le pertenece y la necesidad de dejar ir.
Cuando Begoña responde “sí”, su voz es clara y firme, un sí construido con tiempo, dolor y valentía. Gabriel, emocionado pero sereno, responde con verdad y gratitud. La unión se consuma en un gesto íntimo: tomados de la mano, sin aplausos ni flores, simbolizando un amor que resistió dificultades y finalmente encuentra su lugar.
Andrés presencia el momento con un vacío doloroso, pero también con liberación: entiende que no puede controlar la vida de Begoña ni apropiarse de sus decisiones. Gabriel le ofrece una mirada de reconocimiento silencioso, y la ceremonia concluye con una calma profunda, aunque la colonia pronto se enterará de lo ocurrido.
Begoña y Gabriel salen juntos, conscientes de que su comienzo es imperfecto pero genuino. Han elegido vivir su historia pese a todo, estableciendo un símbolo de amor y valentía que marcará un nuevo capítulo para ellos y para quienes los rodean. La boda, discreta y silenciosa, resuena en la memoria de la colonia, dejando claro que los actos de amor verdadero no necesitan la aprobación de nadie para existir.