Sueños de Libertad Capítulo 13 de Nov (Gabriel asume el mando y abre una investigación peligrosa)
**En el capítulo 436 de Sueños de Libertad, que se emitirá mañana, un nuevo director, Gabriel, toma el mando de la empresa, aunque nadie sabe si será un aliado o un enemigo, ya que sus verdaderas intenciones permanecen ocultas. La tarde caía sobre la ciudad con una calma inquietante, como si el tiempo mismo contuviera la respiración ante decisiones que podrían cambiar la vida de todos para siempre.
Dentro de la mansión, el silencio era casi tangible. Cada paso sobre las alfombras, cada roce de tela y cada suspiro contenían una fuerza que parecía resonar en las paredes. Entre esa quietud, la risa de Julia irrumpía como un rayo de luz. “Abuela”, dijo con emoción y ojos brillantes, “Begoña y Gabriel me van a adoptar. Por fin tendré un apellido, un cuarto propio con estanterías llenas de libros y una lámpara que proyecta mariposas en el techo. Y además, voy a tener un hermanito”.
Digna se tomó un momento para asimilar la noticia. Las palabras de Julia la atravesaron como una aguja helada. No dudaba del deseo de la niña de ser feliz, pero en aquella casa, la felicidad siempre parecía tener un precio oculto, ligada a secretos y apariencias que había que mantener. “Julia, mi niña”, dijo finalmente, sosteniendo la mirada de su nieta como si fuera un frágil objeto de porcelana. “Es mucha información para procesar. ¿Quién te ha contado todo esto?”
“Begoña y Gabriel. Me prometieron que en primavera iremos al parque junto al río y plantaremos un ciruelo. Gabriel dice que los ciruelos son fuertes, que resisten el frío y que sus frutos, aunque tardan en aparecer, dejan un perfume dulce en las manos. Yo también quiero dejar un perfume así en las manos de alguien”. Esa última frase conmovió profundamente a Digna. Vio en Julia un anhelo de echar raíces en un lugar que hasta entonces solo había sido temporal. Intentó sonreír, aunque de manera forzada, para no apagar la alegría de la niña. “Anda, ve con Manuela”, le dijo suavemente, “prepara chocolate caliente. Yo necesito hablar con tu abuelo”. Julia se marchó dando saltitos, mientras Digna apretaba su rosario y rezaba en silencio: “Que no le hagan daño, por favor, que no me la rompan”.

En la fábrica, Damián revisaba un mapa antiguo marcando el lugar exacto donde se construyó la instalación, un vestigio oxidado de la historia que no quería desaparecer. Al escuchar los pasos de Digna, se giró con culpa. “Lo lamento”, dijo. “Debí habértelo contado antes, pero tras el susto pensé que esto era lo mejor. Begoña es una luz para todos nosotros”.
“No, Gabriel no es ninguna luz, Damián”, interrumpió ella, firme. “Gabriel puede iluminar un momento, guiar un poco, pero si no tienes cuidado, te arrastra al lodo. ¿Por qué el futuro de mi nieta depende de alguien que no sabemos si nos aprecia o solo nos observa para su beneficio?” Damián sintió el peso de sus palabras y reconoció la verdad: Digna tenía razón. Concedió finalmente compartir toda decisión con ella y proteger a Julia de cualquier daño. A través de la ventana, vio a Julia jugar con las hojas del otoño, intentando guardarlas en una bolsa como si pudiera atrapar la estación misma.
Mientras tanto, Chloe corría por los pasillos de cristal de la fábrica. Encontró a Marta entre informes, con el cabello rebelde escapando de su peinado. “¿Por qué Gabriel ha rechazado el puesto de director?”, preguntó, preocupada por las consecuencias de que Brosard impusiera a alguien de su confianza. Marta le explicó que había hablado con Gabriel y que le había propuesto a Chloe para el cargo. Chloe quedó sorprendida; Marta quería que Gabriel se comprometiera con la empresa, no que utilizara su poder para despedir personal valioso.
En el dispensario, Begoña atendía a Claudia, calmando sus preocupaciones por la casa Kuna y los puestos de trabajo. Le aconsejó que eligiera a quien estuviera dispuesto a darlo todo sin esperar nada a cambio. Justo en ese momento, un mensajero dejó un paquete: un sonajero, unos patucos y una nota para Julia y su hermanito, sin firma, pero reconocida por Begoña como de Manuela. La emoción la inundó; la gratitud de un gesto sincero siempre tiene un peso que no se mide en palabras.

En el laboratorio, Andrés luchaba contra el agotamiento, revisando sus sospechas sobre Gabriel y lagunas de memoria. Luis trataba de calmarlo, sugiriendo que tal vez era el cansancio o el estrés. Pero Andrés insistía: era un presentimiento, un susurro de advertencia o de despedida. De repente, su teléfono sonó: era Enriqueta, que mencionó una carta crucial sobre lo que ocurrió en la sala de calderas antes de la explosión. Andrés buscó desesperadamente entre archivos y cajones, sin éxito. Manuela intervino: había entregado la carta a María, siguiendo instrucciones.
Andrés encontró a María junto a la ventana, con el libro abierto pero sin leer. La confrontó sobre la carta. María negó haberla recibido, aunque su gesto revelaba nerviosismo. Andrés insistió, explicando que la carta era vital para completar el rompecabezas de la tragedia. María, susurrando, le dijo que lo que faltaba era él mismo. Guardó la carta y esperó un día más para reunir valor.
Marta y Damián se reunieron con Gabriel. Este aceptó la dirección, pero con condiciones: sin despidos y revisión completa de las finanzas. Además, pidió acceso total a la información sobre el accidente en la sala de calderas, decidido a asumir todas las consecuencias de su cargo. Marta le advirtió que debía investigar sin convertir la empresa en un juicio, y Gabriel asintió, dejando la promesa en el aire.
En casa de los Merino, Teo jugaba mientras Joaquín recibía una oferta laboral importante. Tras meditarlo, decidió que su decisión sería guiada por la esperanza y no por el rencor. En la mansión, María comprendió que sus celos y miedos eran inútiles, y que la verdad la retaba a ser más fuerte. Encendió una vela y dijo en voz alta: “Mañana”, reconociendo que el futuro era una oportunidad y no una amenaza.
Al amanecer, la fábrica despertó con un ambiente ligeramente esperanzador. Gabriel firmó su primer comunicado, creando una comisión para investigar la caldera con total acceso y colaboración. Andrés, con la carta en el bolsillo, se preparó para enfrentar la verdad, por dolorosa que fuera. Las máquinas dejaron de sonar como amenaza y comenzaron a entonar una especie de canción de esperanza. En la tierra húmeda, la semilla de ciruela plantada por Julia empezaba a abrirse, recordando que incluso en la oscuridad, la vida encuentra la manera de crecer.