Sueños de Libertad Capítulo 441 (¡Boda sorpresa! Begoña elige a Gabriel tras el engaño)
Hola, queridos seguidores. Hoy los invito a adentrarse conmigo en un adelanto exclusivo y profundamente intenso de Sueños de Libertad. Nos espera un capítulo cargado de tensión, engaños y decisiones que se precipitan como un alud, arrastrándolo todo. En el centro de esta historia se encuentra Begoña, atrapada entre las intrigas de María y el eco de unos sentimientos que intenta sofocar. Lo que está a punto de decidir podría transformarlo todo, incluso su propio destino. ¿Será este impulso súbito un intento desesperado de apagar el amor que late por Andrés? Prepárense, porque lo que sigue no es apto para corazones débiles.
La historia comienza en la habitación de María. En esa penumbra inquietante, María se movía como un animal acorralado, abriendo y cerrando cajones a una velocidad febril. De ellos salían papeles arrugados, pequeñas reliquias olvidadas y objetos que ahora parecían no tener ningún significado. Cada movimiento suyo era una sacudida del alma. Buscaba algo con la urgencia de quien siente que su propia existencia depende de ello. Su respiración era entrecortada y su pulso desbocado golpeaba con fuerza su pecho. Sus ojos, inquietos y turbios, recorrían cada sombra de la habitación.
Entonces, el leve chasquido de la puerta al abrirse congeló el aire. Gabriel apareció en el marco, iluminado por la claridad del pasillo. Avanzó con cautela, percibiendo el desorden y la tensión en el ambiente. “María… soy yo. ¿Estás bien?” preguntó con una mezcla de inquietud y prudencia. Ella, sobresaltada, se giró con brusquedad. Su mirada lo atravesó como una lanza. “¿Cómo te atreves a entrar sin avisar?” le espetó con una hostilidad tan cortante que lo dejó sin aliento.

Gabriel trató de justificar su presencia. Había escuchado un estruendo, como si algo se quebrara, y pensó que podía haberse hecho daño. Sus ojos se posaron en los fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo: un portarretratos roto. Mientras él recogía los restos con cuidado, ella permanecía rígida, dándole la espalda, creando entre ambos una muralla infranqueable. El silencio se volvió tan denso que parecía ocupar todo el espacio.
Finalmente, Gabriel se atrevió a hablar. Había sentido a María extraña durante la cena, demasiado callada, tensa. Quería saber qué sucedía. Pero ella se aferró a su mentira: cansancio, nada más. Él no se dejó engañar. Conocía sus gestos, la forma en que sus manos temblaban cuando ocultaba algo. No tardó en señalar que, al entrar, la había sorprendido escondiendo algo con precipitación. Esa pregunta, tan directa, encendió la rabia de María. Lo echó de su habitación, mencionando incluso a Andrés, como si su presencia allí pudiera arruinar algo.
Sin embargo, cuando Gabriel detectó una esquina de papel sobresaliendo por debajo de sus piernas cruzadas, se agachó y lo tomó sin dudar. Fue entonces cuando María perdió el control. Intentó arrebatarle el documento, pero ya era demasiado tarde. Gabriel lo abrió con una expresión mezcla de burla y triunfo. Era una carta proveniente de Francia. María suplicó que la destruyeran. Explicó que Andrés había estado hurgando, preguntándole por cualquier cosa sospechosa. Había mentido para librarse de él, pero sabía que Andrés no había creído ni una palabra.
Gabriel escuchó todo con creciente interés. Quiso saber qué papel jugaba Begoña en aquella trama. María lo explicó con un hilo de voz: había escuchado a Begoña preguntarle a Manuela por esa carta, que sin saberlo confirmó que María la tenía. Para María no había duda: Andrés había atado cabos, y estaban a punto de atraparla.
Gabriel leyó la carta con atención absoluta. Su rostro se endureció a medida que avanzaba en su lectura. Cuando terminó, habló con una frialdad calculada. Dio instrucciones claras, firmes, inapelables. Y así comenzó la caída del dominó.
Unos minutos después, el pasillo de la casa estaba sumido en un silencio impresionante. Begoña avanzaba hacia su habitación, ignorante de la tormenta que se levantaba a sus espaldas. Al girar una esquina, se encontró con María, rígida como una estatua, sosteniendo la carta como un arma invisible. “La escuché antes hablar con Manuela sobre esto”, dijo con fingida serenidad. “Toma. Mejor que seas tú quien la lea.”
Intrigada, Begoña entró en su habitación y se sentó en la cama. María cerró la puerta tras ella y se mantuvo de pie, como un espectro que vigilaba la escena. Gabriel observaba todo desde la sombra del pasillo, en silencio.
A medida que Begoña leía la carta, su rostro iba mutando de la calma al desconcierto y luego a la sorpresa absoluta. Cuando terminó, enfrentó a María. La carta no tenía nada comprometedor. Entonces, ¿por qué mentirle a Andrés? Fue el momento en el que María desplegó su arma predilecta: la manipulación emocional. Aseguró que Andrés no estaba bien, que confundía todo, que sufría lagunas inquietantes y que había empezado a delirar, inventando conexiones absurdas.
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Begoña, confundida, sintió cómo su mente se nublaba. Y María, viendo que su veneno hacía efecto, añadió la estocada final: Andrés estaba obsesionado, su estado empeoraba, y temía que siguiera en ese camino de ideas sin sentido.
Begoña terminó por ceder, agotada. “Quizás… quizás tengas razón”, murmuró. Una sonrisa satisfecha apareció en el rostro de María. Entregó la carta y salió justo cuando Gabriel apareció en la puerta. Él vio todo. Y supo, en ese instante, que la semilla de la duda había germinado en el corazón de Begoña.
Ella estaba destrozada. Se dejó caer en la cama, perdida en una maraña de pensamientos. Gabriel se acercó, le tomó la mano y trató de consolarla. Entonces, sin aviso, ella pronunció las palabras que nadie esperaba: “Casémonos”. De inmediato. Mañana mismo.
Gabriel quedó desconcertado, intentando comprender. Ella insistió con una firmeza intensa, casi desesperada. Él trató de hablar con sensatez, pero ella deseaba una boda inmediata, sin preparativos, sin nada más que la urgencia de ese sí.
Y aunque Gabriel aceptó, Begoña sabía, en lo más profundo de su alma, que no lo hacía por amor. Lo hacía para escapar. Para correr lejos del abismo que la unía a Andrés. Para silenciar un sentimiento que la devoraba.