Sueños de Libertad Capítulo 443 (¿Quién Tiene Razón? El Debate Entre Experiencia e Innovación)

 

Título: Un choque de principios en el laboratorio

El encuentro entre Luis y Cristina comenzó envuelto en una calma engañosa, tan tenue que apenas conseguía ocultar la tormenta que ambos intuían que estaba por estallar. Parecía otra reunión rutinaria, una más de tantas, pero el ambiente del laboratorio estaba impregnado de una tensión casi eléctrica, espesa como las fragancias intensas que solían manipular allí. La empresa atravesaba un periodo complicado: corrían murmullos por todos los pasillos, abundaban las miradas preocupadas en la fábrica y las órdenes desde la directiva eran repetidas hasta la saciedad. Había que reinventarse, crear algo excepcional… pero con la mitad de los recursos. Reducir gastos se había convertido en el nuevo mantra, repetido hasta el cansancio.

Luis entró arrastrando los pies, reflejando en su postura la fatiga que le carcomía desde hacía semanas. Su semblante era el de un hombre que había dormido poco y pensado demasiado. “Perdona el retraso”, murmuró mientras dejaba su maletín en un rincón. “No he conciliado el sueño en toda la noche. No dejo de pensar en los cambios, en esta obsesión de que entreguemos algo extraordinario de inmediato.” Su voz, grave y densa, revelaba a alguien que llevaba una carga emocional enorme.

Cristina, en cambio, irradiaba energía por todos los poros. Se movía entre frascos, pipetas y tiras de secante con la precisión y entusiasmo de quien siente que está en la cúspide de una gran idea. “Tranquilo”, contestó ella con una sonrisa luminosa que pretendía contagiarle algo de su ánimo. “De hecho, llegas justo a tiempo. He estado probando una idea para el nuevo perfume y creo que te va a sorprender.” Era evidente desde el primer instante que ambos representaban mundos distintos: él, el veterano que respetaba cada principio de la perfumería clásica; ella, la joven decidida a romper el molde, movida por un deseo imparable de dejar huella.

Con un gesto lleno de orgullo, Cristina le ofreció una pequeña muestra. “Es un borrador, solo una primera aproximación”, explicó, aunque su brillo en los ojos dejaba entrever lo satisfecha que estaba de su creación. “Quiero saber qué te transmite.” Luis tomó la tira con solemnidad, como si estuviera realizando un rito íntimo. Se la acercó a la nariz, cerró los ojos y permaneció en silencio, un silencio que se alargó hasta hacerse casi insoportable. Cristina esperaba conteniendo el aliento.

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Finalmente, Luis abrió los ojos, dejó la tira sobre la mesa y su veredicto llegó en una sola palabra: “No.” Una negativa suave, pero contundente. Con meticulosidad quirúrgica, explicó lo que, según él, fallaba: era demasiado floral, rozando lo empalagoso; carecía de profundidad, de una base que la hiciera sólida y memorable. No tenía el equilibrio ni la presencia que caracterizaban a la casa. En resumen, le faltaba fuerza. Cristina sintió cómo el desánimo le empañaba la mirada, aunque trató de defenderse: “He intentado mantener calidad sin elevar costes. Quería demostrar que es posible hacer algo bonito con menos recursos.” Luis suspiró. “Lo entiendo, pero no alcanza el nivel que necesitamos. Este perfume carece de alma.”

Aunque intentaba suavizar sus palabras, en su tono se filtraba una superioridad involuntaria, como si estuviera instruyéndola. Cristina, herida en su orgullo, cruzó los brazos. “Ah, claro… y supongo que tú tienes una idea mejor”, soltó con sarcasmo. Luis, lejos de molestarse, pareció anticiparlo. Abrió su maletín, sacó una hoja doblada y se la entregó. “He preparado algo”, dijo simplemente.

Cristina desplegó el papel y examinó la fórmula con creciente asombro. Era magnífica: compleja, refinada, digna de convertirse en un clásico. Pero al revisar los ingredientes, su expresión cambió. Una risa incrédula escapó de sus labios. “Luis, esto es espectacular… pero imposible. No se ajusta al presupuesto. Sabes perfectamente que tenemos que reducir costes. Esta fórmula es un sueño, no una opción real.” Él la observó imperturbable. “La calidad no debería verse condicionada por el precio. Esta casa se construyó sin hacer concesiones.”

Cristina sintió que la provocación era abierta. “¿Superior al mío, entonces?” Luis no vaciló. “Sí. Superior al tuyo y a cualquier creación limitada por la economía.” Esa frase quebró la delgada línea del respeto profesional. Cristina sintió que la estocada era personal. “No hablamos de egos, Luis. Esto es trabajo real.” Él intentó suavizar la situación, asegurando que su postura era puramente artística. Pero ya no importaba. Ella replicó con firmeza: “Mi propuesta es viable. La tuya nunca saldrá de un cajón.”

Luis arqueó una ceja, sorprendido. Cristina, con voz segura, continuó: “He mantenido calidad sin recurrir a lo más caro. Eso también requiere talento.” Pero Luis negó con la cabeza, cargado de decepción. “Con tu fórmula ofreceremos mediocridad. Y eso nos rebaja.” Fue el golpe que la atravesó. Cristina sintió los ojos arderle de frustración. “Lo que nos rebaja es no confiar en nuestra capacidad para crear algo hermoso incluso con límites.”

El silencio que siguió fue espeso y profundo. Detrás de la discusión había miedo, cansancio, presión, dos generaciones chocando. Luis veía amenazado el legado al que había dedicado su vida; Cristina luchaba por construir uno propio. Ambos tenían razón y, al mismo tiempo, ambos estaban equivocados.

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Poco a poco, la tempestad comenzó a asentarse. Luis suspiró, más calmado. “Admiro tu determinación”, admitió con un tono casi afectuoso. “Pero sin una base técnica sólida, la creatividad puede extraviarse.” Cristina, aún dolida, respondió: “Y sin flexibilidad, la técnica se convierte en una jaula.” Él asintió levemente. Ninguno iba a convencer al otro, pero algo se había transformado entre ellos: una nueva comprensión, áspera pero sincera.

Luis recogió sus notas y caminó hacia la ventana. “Ojalá en París entendieran que el alma de un perfume no se traduce en números.” Cristina esbozó una sonrisa irónica. “Y ojalá tú entendieras que, a veces, las ideas más revolucionarias nacen de la necesidad.”

La discusión terminó sin vencedores, pero con un respeto renovado. Luis salió, dejándola sola frente a las dos fórmulas. Observó ambas, tomó una tira de cada una y las acercó, dejando que sus esencias se mezclaran. Una fragancia nueva emergió, un equilibrio inesperado entre lo práctico y lo sublime. “Quizá la respuesta esté en el punto medio”, murmuró.

Porque aquella escena no era solo un choque profesional. Era un reflejo universal: tradición contra innovación, arte contra negocio. Luis defendía un legado que temía perder; Cristina buscaba forjar el suyo. Ambos amaban ese oficio con el mismo fervor, solo que desde orillas distintas de un mismo río. Y en esa diferencia no había enemistad… sino dos visiones necesarias de una pasión compartida.