Sueños de Libertad Capítulo 444 ( Gabriel vuelve a la cárcel para amenazar a Remedios )
Spoiler: En la fría y sombría celda de la prisión
Remedios estaba sentada en el banco metálico de su celda, contemplando a través de los barrotes como si intentara encontrar una salida a su situación. Con el tiempo había aprendido a acostumbrarse al sonido seco de las puertas cerrándose tras los guardias y al eco de sus pasos que recorrían los pasillos, un recordatorio constante de su confinamiento. Todo en ese lugar parecía un castigo perpetuo, y ahora, con el recuerdo de las palabras de Gabriel, un miedo profundo comenzaba a asentarse en su pecho, tornando cada instante más opresivo.
El crujido de la puerta al abrirse rompió sus pensamientos, y la imponente figura de Gabriel apareció en el umbral. Su rostro inmutable no dejaba ver emoción alguna, pero sus ojos, fríos y calculadores, revelaban que aquella visita no tenía nada de cordial. Remedios, con la voz firme pero cargada de tensión, preguntó con cautela: “¿Sabes por qué estoy aquí?” Su corazón latía con fuerza, un nudo en la garganta dificultaba cualquier intento de hablar. Conocía bien la reputación de Gabriel: nunca actuaba sin un motivo y esta vez la amenaza se percibía más grave que nunca.
Gabriel avanzó con paso seguro, cruzando la celda con una determinación inquietante. “Cuando salgas de aquí, quiero que te alejes lo más posible… muy lejos, junto a tu hija. Esto no es una sugerencia: es una orden”, dijo con un tono directo que impregnaba el aire de un peso casi tangible. Al alzar la mirada, Remedios encontró en sus ojos un abismo de frialdad, y su estómago se encogió ante la seriedad de la advertencia.
“Si decides hablar, si intentas contarle a Andrés lo que sabes, permanecerás aquí toda tu vida”, continuó Gabriel con un susurro cargado de amenaza. “No me importa cómo lo hagas, ni qué tengas que decir. Esta no es una simple advertencia: es la realidad. No saldrás de esta cárcel jamás.” La certeza de sus palabras provocó que el miedo se apoderara de Remedios, quien llevaba demasiado tiempo acostumbrándose a que Gabriel lograra lo que deseaba sin importar los medios. Pero lo que escuchaba ahora era más que intimidación; era un ultimátum definitivo.
Gabriel se acercó aún más, proyectando su sombra sobre la débil luz que entraba por la ventana, como si absorbiera toda esperanza de la habitación. La presión sobre Remedios se volvió casi física, cada respiración se sentía vigilada y controlada por él. “¿Sabes lo que pasaría si hablas?”, preguntó con una sonrisa helada. “Estarías atrapada aquí para siempre. Créeme, nadie querría estar en tu lugar.” A pesar del temor, Remedios intentó mantener la calma, reprimiendo el temblor de su cuerpo, aunque por dentro su ansiedad era incontrolable.

Pero Gabriel no había terminado. Su siguiente amenaza era aún más personal. “No quiero que tu hija se acerque a Andrés. Si no te vas de París, las consecuencias para ambas serán graves.” El miedo de Remedios aumentó; su hija Enriqueta era el único motivo para seguir luchando en un mundo que se mostraba cruel e implacable. Gabriel sabía exactamente dónde golpear: atacaba lo más sagrado que ella poseía.
“No quiero que Andrés te encuentre”, insistió, su voz un veneno silencioso. “Si vuelves, no habrá forma de escapar.” Remedios cerró los ojos, buscando fuerzas en su interior. Gabriel ejercía un control absoluto, pero ella comprendió que su amor por su hija era más fuerte que cualquier miedo. Estaba dispuesta a alejarse de todo, incluso de Andrés, si con ello podía proteger a Enriqueta.
Observando su reacción, Gabriel esperaba que se quebrara como tantas otras personas antes. Sin embargo, Remedios mostró algo que él no esperaba: un destello de determinación en la mirada. “Si eso es lo que quieres”, dijo con voz firme aunque temblorosa por la presión, “me iré, pero jamás olvidaré lo que has hecho.” Gabriel soltó una risa cargada de desprecio. “Eso no me preocupa. Tu única tarea será obedecer mi orden. Tu hija estará a salvo, lejos de este caos. Pero si intentas volver a interferir, te equivocas.”
Después de pronunciar estas palabras, Gabriel dio un paso atrás, recuperando su impasible expresión habitual. Remedios lo observó con rabia y tristeza a la vez, consciente de que debía actuar, pero atrapada por el peso de la amenaza que pendía sobre ella y su hija. Gabriel añadió un último consejo antes de marcharse: “Sal de aquí en silencio. No hagas ruido, o no habrá segunda advertencia.” Sin pronunciar palabra, Remedios lo vio alejarse, dejando tras de sí un vacío que parecía arrancarle una parte de sí misma.
La decisión que debía tomar ahora se volvía más crucial que nunca: ¿obedecería las amenazas de Gabriel y se alejaría de todo para proteger a su hija, o encontraría el valor de enfrentarse a él y desafiar su control? Su futuro y el de Enriqueta pendían de un hilo.
Remedios comprendió que Gabriel no era solo un hombre que imponía miedo; era un maestro en manipulación y poder, capaz de anticipar cada movimiento. Pero también reconoció que dentro de su propio temor existía una chispa que no podía extinguirse. Mientras él creía tenerla completamente sometida, su determinación por proteger a su hija se mantenía intacta, iluminando una pequeña pero firme resistencia.
Ella sabía que cualquier paso en falso podía condenarlas para siempre, pero también entendía que su coraje y amor por Enriqueta eran más fuertes que cualquier miedo. Esta situación se convertiría en una prueba definitiva de su fuerza interior. Mientras Gabriel se alejaba, dejando la puerta entreabierta, Remedios sintió un profundo conflicto: el temor de enfrentarse a su enemigo más peligroso, combinado con la necesidad de proteger a su hija, la impulsaba a tomar una decisión que cambiaría su destino.
Cada palabra de Gabriel, cada amenaza susurrada en la celda, había dejado una marca imborrable en su mente. Pero dentro de ella, el amor y la determinación comenzaron a forjar un plan, silencioso y decidido. Remedios sabía que su vida nunca volvería a ser la misma y que la elección que hiciera definiría no solo su futuro, sino también el de Enriqueta. La prisión no solo la confinaba físicamente; también era un desafío moral y emocional que debía superar para sobrevivir.

En aquel instante, Remedios cerró los ojos por un breve segundo, respiró hondo y decidió que no permitiría que el miedo de Gabriel gobernara sus acciones. Aun sabiendo que el camino sería peligroso y lleno de incertidumbre, su amor por su hija le daba la fuerza suficiente para enfrentar la amenaza. Gabriel se marchó, dejando tras de sí un silencio cargado de tensión, pero dentro de Remedios nacía la determinación de resistir.
Su mente trabajaba rápidamente, evaluando cada posible movimiento, cada escape, cada estrategia para garantizar la seguridad de su hija sin perder de vista la verdad que Gabriel quería ocultar. Sabía que cada decisión tendría consecuencias inmediatas y duraderas, y que la batalla por su libertad y la de Enriqueta apenas comenzaba.
En la fría y sombría celda, mientras los barrotes parecían estrecharse a su alrededor, Remedios se levantó del banco, consciente de que la valentía sería su única aliada. Gabriel podía controlar su entorno, intimidarla y amenazar, pero no podía tocar lo que llevaba dentro: la fuerza de su amor maternal y su voluntad de proteger a su hija, que se convirtió en su arma más poderosa.
Remedios estaba lista. No importaba lo que Gabriel hubiera planeado, no importaba el miedo que había sembrado. Su próxima decisión marcaría el inicio de un enfrentamiento silencioso, una prueba de ingenio, coraje y determinación, que definiría quién tendría realmente el control. La prisión ya no era solo un lugar físico; era el campo de batalla donde Remedios demostraría que ni el miedo ni la amenaza podían doblegar a una madre dispuesta a todo por su hija.