Sueños de Libertad Capítulo 444 (La carta que revela la cruel amenaza y la inocencia de Remedios)

Spoiler: La tensión podía cortarse con un cuchillo en la habitación

La atmósfera estaba cargada de un silencio casi físico, tan denso que parecía imposible respirar. Todo comenzó con una llamada que, en apariencia, era sencilla, pero cargaba un peso devastador. Begoña pidió a María que le leyera en voz alta una carta de la que se había hablado mucho, aquella que Manuela había mencionado tantas veces. La voz de Begoña temblaba, delatando la ansiedad que sentía, y María, con un nudo en el estómago, aceptó sin vacilar. Sabía que aquel papel no era un simple mensaje: era una bomba capaz de hacer estallar la frágil estabilidad de sus vidas.

Con manos temblorosas, María entregó la carta a Begoña para que comprobara su autenticidad antes de tomarla de nuevo y empezar a leer. Cada palabra que pronunciaba resonaba en la habitación, llenando el silencio de un peso insoportable. La carta provenía de Enriqueta Molinero, hija de Remedios, aquella empleada que había terminado en prisión por un crimen que su hija afirmaba que jamás cometió. El destinatario era Don Andrés, a quien Enriqueta veía como la única persona que había mostrado verdadera compasión por su madre.

Desde las primeras líneas, la súplica de Enriqueta era evidente. Con dolor y honestidad, defendía la inocencia de Remedios y relataba cómo alguien la había obligado, bajo amenazas, a asumir una culpa que no le correspondía. La prisión de su madre no era por cobardía sino por amor; su silencio buscaba protegerla a ella. Pero Enriqueta no estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados: la carta era un grito de justicia, un pedido desesperado a quien podía ayudar. No había rencor, solo un reclamo de verdad y justicia que estremecía a quien la escuchara.

Cuando María terminó de leer, el silencio se hizo aún más pesado. Begoña, abrumada por un torbellino de emociones, apenas podía procesar la crueldad y el sufrimiento que contenían aquellas líneas. Su mente se llenó de preguntas, y la primera fue inevitable: ¿por qué Andrés había mentido sobre que María no sabía nada de la carta? La sorpresa en el rostro de María fue inmediata. Explicó con sinceridad que la carta siempre había estado en el cajón de los pañuelos, en su lugar habitual, y que en cuanto Andrés la pidió, se la había dado sin problema. La confusión se mezcló con la tristeza al reconocer que la mente de Andrés empezaba a deteriorarse.

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María describió con voz quebrada la situación: Andrés sufría lapsos de memoria, mezclaba recuerdos con fantasías, y su mente, en un intento desesperado de entender la realidad, creaba teorías y conspiraciones sin fundamento. Estaba atrapado en un laberinto mental, incapaz de discernir lo real de lo imaginario. Begoña escuchaba con el corazón encogido, casi incapaz de aceptar que un hombre de la talla intelectual y moral de Andrés se estuviera desmoronando así. Peor aún, su obsesión con la supuesta boda de Begoña y el embarazo inminente lo hacía actuar con impulsos peligrosos, aumentando la preocupación de ambas mujeres.

Por primera vez, Begoña coincidió con María en un punto: reconoció que Andrés necesitaba su apoyo más que nunca. Esa pequeña concesión provocó una fugaz sonrisa en María, quien bromeó intentando aligerar el momento. Sin embargo, la situación era grave. La puerta se abrió de golpe y apareció Gabriel, ajeno a la intensidad de la escena. Su presencia alteró ligeramente la atmósfera, y María, comprendiendo que era un momento íntimo, decidió retirarse discretamente.

Quedando Begoña sola con Gabriel, la tensión no disminuyó, solo se transformó. La carta pesaba como plomo en sus manos, un símbolo del nudo de injusticias, sufrimiento y secretos que se entrelazaban en sus vidas. La revelación del abuso de poder contra Remedios y el peligro que eso implicaba para todos los involucrados convirtió aquel papel en un documento de conspiración, más que en un simple mensaje. Gabriel, atento a cada gesto, percibía la gravedad sin necesidad de palabras. Su instinto le decía que Begoña necesitaba apoyo, no interrogatorios.

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Begoña, por su parte, trataba de recomponerse. Dobló la carta con cuidado, consciente de que su contenido era demasiado delicado. Respiró hondo y debatió si compartir la verdad con Gabriel o proteger la investigación. La conexión entre ambos era evidente: respeto, cuidado y preocupación mutua que no necesitaban expresarse. Gabriel se acercó discretamente, sin invadir, pero ofreciendo un refugio silencioso. Ella le habló de su angustia y del estado de Andrés, confirmando la magnitud del deterioro mental y las obsesiones que lo afectaban. Gabriel comprendió la gravedad y la escuchó con atención, ofreciendo consejos prudentes: vigilancia, cuidado y precaución ante posibles conspiradores.

La conversación no resolvía nada de inmediato, pero ofrecía un entendimiento tácito: Begoña no estaba sola en su lucha por la verdad. Empezó a planear sus próximos pasos: hablar con Andrés en momentos de lucidez, investigar quién había amenazado a Remedios y decidir cuándo y cómo revelar la carta. Gabriel sugirió contactar a Máxima Cotella para no cometer errores que podrían ser fatales. Su apoyo silencioso se convirtió en un faro en medio de la oscuridad, brindándole un poco de fuerza para enfrentar los desafíos que venían.

Finalmente, Begoña guardó la carta, cerrando simbólicamente un capítulo y abriendo el de la acción. La combinación de injusticia sufrida por Remedios, el sufrimiento de Enriqueta y la frágil mente de Andrés formaba un escenario peligroso, lleno de decisiones difíciles y riesgos inevitables. La presencia de Gabriel y el apoyo constante de María eran anclas en medio de la tormenta, recordándole que, aunque sola frente a la magnitud de los hechos, no estaba completamente desamparada.

Mientras la conversación con Gabriel se apagaba suavemente, Begoña sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. La lucha por la justicia para Remedios, la protección de Andrés y la necesidad de descubrir la verdad sobre quienes conspiraban en las sombras eran retos que debía enfrentar con cuidado. La tensión seguía presente, pero ahora había claridad: no podía apresurarse, cada movimiento debía ser estratégico. Gabriel se comprometió a estar cerca, y ella, con una leve sonrisa cansada, aceptó la compañía silenciosa que, aunque mínima, ofrecía un poco de alivio en medio del caos.