Sueños de Libertad Capítulo 447 (Cristina al borde del colapso: Un pasado que aún la atormenta)

La conversación entre Beltrán y Cristina comenzó con total naturalidad, como si se tratara de una de esas charlas cotidianas que surgen sin esfuerzo. Cristina, con esa expresión inquisitiva que siempre la caracterizaba, le preguntó si finalmente no había ido a Toledo como había previsto. Beltrán, algo sorprendido por la pregunta, admitió que su intención inicial sí había sido marcharse, pero que terminó quedándose más tiempo del esperado hablando en la cantina. No obstante, Cristina tenía una habilidad especial para ver más allá de las palabras.

Con esa intuición suya tan afilada, comentó que dudaba que la cantina hubiera sido la verdadera razón de su retraso; más bien sospechaba que Gaspar tenía mucho que ver. Beltrán no pudo evitar sonreír. Era inútil intentar ocultarlo: Gaspar era el responsable. Tenía ese don para conversar sin descanso, para encontrar siempre un tema nuevo con el que mantener viva la conversación. Cristina lo conocía demasiado bien, y sabía que aquel hombre tenía una luz propia, una energía amable que iluminaba cualquier lugar en el que aparecía. Además, le reveló a Beltrán un gesto que definía a la perfección el carácter de Gaspar: cada vez que ella volvía tarde del laboratorio, él se aseguraba de guardarle algo de cenar, aunque la cocina ya hubiera cerrado hacía tiempo.

Aunque Cristina lo relataba con aparente ligereza, en sus palabras se asomaba un cansancio acumulado. Llevaba meses trabajando sin descanso, atrapada en una rutina tan exigente que incluso le impedía cenar en un horario razonable. El trabajo se había convertido en una carga insoportable, y cuando Beltrán escuchó aquello, sintió una punzada de inquietud. La charla, que había iniciado de manera relajada, tomó un tono más grave. Ella confesó que había sido una temporada especialmente difícil y que no confiaba en que la situación mejorara pronto.

Avance del próximo capítulo de Sueños de libertad: Cristina descubre que  José, su padre biológico, ha desaparecido

Entonces explicó la razón de su preocupación. Luis Merino, su jefe en la fábrica, estaba a punto de marcharse. La noticia tomó por sorpresa a Beltrán, que lamentó sinceramente oírlo, sabiendo cuán complicados pueden ser los cambios en la estructura de una empresa tan meticulosa como aquella. Para Cristina, la partida de Merino representaba un golpe significativo, una alteración que amenazaba con tambalear su ya frágil estabilidad. Aunque intentaba mostrar fortaleza, era evidente que la incertidumbre del futuro la tenía completamente descolocada.

Beltrán, buscando aportarle una perspectiva más alentadora, le sugirió que tal vez aquel cambio podría convertirse en una oportunidad para ella. Quizás era su momento de asumir un puesto más alto, de crecer profesionalmente y encontrar un nuevo camino dentro de la empresa. Pero Cristina negó de inmediato, casi antes de que él pudiera terminar la frase. No quería ni imaginar más presión sobre sus hombros y, además, reconoció que no tenía las fuerzas necesarias para asumir semejante reto. Aquella confesión dejaba ver la profundidad de su agotamiento emocional. Su vida personal había sido un caos tan grande que todo lo relacionado con el trabajo se le hacía cuesta arriba. Y además, la inquietaba pensar en quién podría reemplazar a Merino; temía no ser capaz de adaptarse a la nueva dinámica que aquel cambio traería consigo.

Beltrán, que conocía a Cristina como si fuera un libro abierto, le recordó con cariño que desde que había llegado a Toledo no había tenido más remedio que enfrentar cambios constantes. Le dijo que había vivido experiencias intensas, algunas maravillosas y otras dolorosas, y que siempre había mostrado una admirable capacidad para seguir adelante. Cristina reconoció que tenía razón. Su vida había dado un vuelco enorme en muy poco tiempo, y admitió que todo aquello la había dejado emocionalmente expuesta.

Fue entonces cuando Beltrán se atrevió a tocar un tema más delicado. Comentó, de forma aparentemente casual, que últimamente la había visto conversar con frecuencia con Gaspar. En su voz se percibía curiosidad… y quizá un matiz de celos. Cristina admitió que no solo había tenido problemas laborales, sino también personales. Y así, casi sin pensarlo, mencionó la ruptura entre ellos dos, dejando claro que aquella historia pasada aún dolía. Estaba atravesando una etapa emocionalmente turbulenta, intentando recomponer los pedazos de su corazón roto mientras nuevas conexiones surgían en su vida.

En ese momento, Cristina mencionó algo que cambió por completo el rumbo de la conversación: la pareja que Gaspar había nombrado en la cantina, Irene y José. Apenas susurró sus nombres, pero su reacción fue inmediata. Dijo que era un asunto muy largo y que prefería no hablar de ello. Beltrán percibió al instante su incomodidad, tan intensa que resultaba imposible pasarla por alto. Él tenía la capacidad de leerla mejor que nadie; conocía cada gesto, cada silencio. Su intento de cortar el tema solo confirmó la sospecha de que detrás de esos nombres se escondía una verdad que Cristina no estaba lista para compartir.

Beltrán insistió con delicadeza, argumentando que si le incomodaba tanto, era porque había allí algo importante, algo que quizá no se atrevía a aceptar. Y Cristina, casi sin advertirlo, terminó por admitirlo cuando lo miró fijamente y le preguntó: “Gaspar ya te lo ha contado, ¿verdad?” Sabía que Beltrán no era capaz de mentir ni disimular lo que sentía. Esa pregunta, dicha con una mezcla de fragilidad y resignación, revelaba su temor a que una parte íntima de su vida ya no fuera solo suya. Le pidió que no fingiera, que no intentara engañarla, porque lo conocía demasiado bien.

Aquel instante dejó claro que entre ellos todavía existía una conexión profunda, un lenguaje secreto que ambos seguían entendiendo. No eran simplemente dos personas que habían compartido una relación; aún había una intimidad emocional que sobrevivía en los rincones de cada gesto y cada palabra no dicha. La atmósfera se llenó de una tensión casi palpable. Cristina estaba viviendo una etapa especialmente dolorosa, cargada de responsabilidades, de cambios súbitos y de heridas sentimentales que no terminaban de cerrar. Toledo había sido su intento de empezar de nuevo, pero la vida se empeñaba en recordarle que nada era tan sencillo.

Avance del capítulo 447 de 'Sueños de libertad' del viernes, 28 de  noviembre: preocupación por la salud de Gema

Beltrán, por su parte, se debatía entre su deseo sincero de ayudarla y la nostalgia de lo que habían sido. Aunque trataba de mantener un tono neutral, no podía evitar sentir una punzada de dolor al notar que Cristina estaba creando nuevos vínculos en los que él ya no tenía lugar. Gaspar aparecía cada vez más en sus conversaciones, y aunque él intentaba convencerse de que no le importaba, la verdad era otra.

Cuando Cristina mencionó a Irene y José, su reacción fue tan evidente que no necesitaba explicar más. Había allí una historia intensa, compleja y probablemente dolorosa, que formaba parte del nuevo capítulo de su vida. Beltrán reconoció al instante ese tipo de silencio: lo había visto en ella otras veces, cuando algo la hería profundamente, cuando no encontraba el valor para abrirse, temiendo romperse si lo hacía.

Y además, Cristina no quería compartir esa historia con él, no todavía. Sabía que hablar de algo tan personal con Beltrán podía confundirlos de nuevo, podía borrar esa línea que tanto esfuerzo estaban poniendo en mantener entre el pasado y el presente. Sin embargo, la suave insistencia de él no nacía del egoísmo; venía del cariño, de esa parte de su corazón que aún no había sido capaz de apagar.

La conversación quedó llena de interrogantes. ¿Qué relación tenía Cristina con Irene y José? ¿Qué sabía exactamente Gaspar? ¿Por qué ese tema despertaba una reacción tan intensa en ella? Y sobre todo, qué significaban esas nuevas personas en su vida, justo en un momento en que se sentía tan frágil.

Lo que había empezado como una charla casual terminó revelando la vulnerabilidad de Cristina y la conexión inquebrantable que aún existía entre ambos. Cada palabra, cada silencio, hablaba de un pasado compartido y de un presente que seguía siendo demasiado íntimo. Era evidente que ninguno de los dos estaba del todo preparado para enfrentar lo que aquella conversación había desenterrado.