Sueños de Libertad Capítulo 447 (La tristeza de Don Damián y el gesto de amor que nadie vio venir)

Claudia llevaba todo el día al límite, así que en cuanto encontró un pequeño resquicio entre tarea y tarea, se escapó a la entrada de la tienda para respirar aire fresco. Sentía cómo el cansancio se le acumulaba en los hombros. Dejó escapar una risita ahogada, de esas que nacen del agotamiento más profundo, y murmuró para sí misma un “Uf, por fin…” como si ese instante de tranquilidad fuera el único salvavidas en medio del caos.

La causa de su agotamiento tenía nombre propio… y un acento francés que todavía le resonaba en los oídos. Un grupo de visitantes procedentes de Francia había llegado a la fábrica con la supuesta intención de conocer el funcionamiento del lugar, pero lo que prometía ser una visita rutinaria se transformó en una comedia de enredos digna de un guion. El mayor escollo, sin duda, había sido el idioma: ellos no entendían ni una palabra de español, y ni Claudia ni sus compañeras se defendían en francés. El resultado fue una colección interminable de malentendidos, preguntas sin respuesta y gestos exagerados que solo empeoraban la situación. Para cuando todo terminó, Claudia sentía la cabeza a punto de estallar.

Justo entonces, como si la hubieran invocado, apareció Manuela, su tía. Claudia casi sintió que se le iluminaba el alma al verla. Manuela la escuchó con esa ternura infinita que siempre la había caracterizado, dejándola desahogarse mientras relataba la tragicomedia lingüística con detalles dramáticos. Aunque Manuela intentó quitarle importancia con alguna broma, al ver el agobio en la cara de su sobrina acabó reconociendo que ciertamente debía haber sido un día muy duro.

Avance del próximo capítulo de Sueños de libertad: Damián revela a Digna  que don Pedro dejó morir a Jesús

El alivio de Claudia fue inmediato. Tener allí a su tía le devolvió un poco de calma. Incluso se permitió una broma acerca de su uniforme, exagerando como si fuera un atuendo digno de una revista de moda. Manuela, sin perder ese toque familiar y cariñoso, le aseguró que estaba guapísima y que el uniforme le sentaba de maravilla.

Poco a poco, la conversación derivó hacia el mundo de su tía, hacia la gran casa de los Merino, donde trabajaba desde hacía años. El semblante de Manuela se ensombreció ligeramente mientras admitía que allí las cosas estaban revueltas. El motivo principal, según explicó con un suspiro, era la marcha repentina de Andrés, el hijo de don Damián. Se había ido de un día para otro sin avisar a nadie, dejando a su padre completamente devastado. Manuela describió cómo don Damián había pasado gran parte de la jornada sentado junto a la ventana, con la mirada perdida, como si esperara que su hijo regresara en cualquier momento. La imagen era tan triste y tan humana que a Claudia se le encogió el corazón.

Conocía la relación profunda que unía a Andrés con su padre, sabía cuánto se querían a pesar de las discusiones y los roces. Por eso la conmovía imaginar a don Damián tan abatido. Incluso le pareció que su tía estuvo a punto de insinuar que había algo más detrás del sufrimiento del hombre, pero finalmente decidió no continuar por ese camino. Aun así, la duda quedó flotando.

Mientras hablaban, ocurrió algo que ninguna esperaba: apareció Maripaz, la muchacha recién llegada a la Casa Kuna. Claudia se quedó pasmada al verla allí, elegantemente vestida y con una sonrisa tímida pero luminosa. La joven explicó que, sabiendo lo largo que era el turno de Claudia, había querido llevarle algo para que recuperara fuerzas. Gaspar, de la cantina, le había preparado un café exactamente como a ella le gustaba, y además le había traído un trozo de bizcocho de limón porque el de guindas —su favorito— ya se había acabado.

El gesto dejó a Claudia sin palabras. Era evidente que la muchacha se había tomado la molestia de pensar en ella, de recordar sus gustos y de caminar hasta la tienda solo para hacerle un pequeño regalo. Aunque Claudia intentó restarle importancia, Maripaz insistió con suavidad, recordándole lo mucho que ella la había ayudado desde su llegada. Y, casi en un susurro, añadió que para todo el mundo decía que Claudia era como un ángel caído del cielo. Manuela observó la escena con una mezcla de ternura y sorpresa.

Resumen del último capítulo de Sueños de libertad: Jesús comienza a perder  control mientras Don Damián empeora

Maripaz se marchó enseguida, sin querer interrumpir más, dejando tras de sí una sensación cálida que parecía quedarse flotando en el aire. Manuela comentó lo encantadora que era, lo elegante que venía; Claudia todavía procesaba la dulzura del detalle. A partir de ahí, el ambiente entre ambas se volvió más íntimo, más suave, como si las emociones intensas que habían compartido necesitaran un espacio para asentarse.

Manuela volvió a hablar de los Merino y de cómo la marcha de Andrés había trastocado toda la dinámica de la casa. Claudia escuchaba con una empatía profunda, sintiendo el dolor ajeno casi como el propio. Pero inevitablemente la conversación regresó a Maripaz y a la devoción que la joven mostraba hacia Claudia. Su tía le dijo que era evidente que la muchacha la admiraba mucho. Claudia se sonrojó ligeramente: nunca se veía a sí misma como alguien digno de admiración, solo hacía lo que creía correcto.

Ambas reflexionaron sobre cómo esos pequeños gestos —un café, un bizcocho, una caminata hasta la tienda— podían iluminar un día complicado. Y mientras lo hacían, el ambiente de la tienda se volvió un refugio donde tía y sobrina podían hablar desde el corazón. Hablaron del trabajo, de lo difícil que era cargar con tantas responsabilidades, del deseo de calma que a veces Claudia reprimía. Manuela, con la serenidad de quien ha vivido mucho, le recordó la fuerza que tenía, la resiliencia con la que enfrentaba cada obstáculo.

Incluso surgió el nombre de Gaspar, ese hombre siempre amable que cuidaba de todos sin hacer ruido. Claudia reconoció que él era una presencia reconfortante en su vida, un apoyo discreto y constante.

Al final, entre confidencias, golpes de realidad y pequeños gestos de cariño, todo en aquella escena giraba en torno a la misma idea: la importancia de cuidar y dejarse cuidar. En un día lleno de estrés, ausencias dolorosas y preocupaciones, un café, una palabra amable o una visita inesperada podían devolver la calidez que parecía perdida. Y en ese instante, rodeada del afecto de su tía y del eco del gesto de Maripaz, Claudia sintió que, pese a todo, no estaba sola.