Sueños de Libertad “Gabriel Atrapado” Capítulo 439

El episodio que se aproxima amenaza con convertirse en un auténtico huracán emocional. Nada de lo que está por venir será sencillo: secretos ocultos durante años empiezan a resquebrajarse, viejas mentiras salen a la luz y verdades silenciadas reclaman su espacio. Ya no hablamos de una disputa por controlar una empresa; ahora estamos ante una lucha por recuperar la memoria, por rescatar una verdad que muchos intentaron enterrar y por recomponer la confianza destruida.

Gabriel asciende al cargo de director, pero su victoria está rodeada de espinas. Ha logrado lo impensable: limitar los despidos y proteger parte del equipo, pero el precio que ha tenido que pagar es enorme. Renunció a la demanda del perfume Cobea y, lo que resulta aún más devastador, aceptó convertirse en una figura decorativa, un director sin autoridad real bajo la vigilancia férrea de los dueños franceses. La serie no oculta el peso de ese sacrificio. Una mujer aparece en su oficina: Olivia, la empleada cuya situación más angustia a Claudia. La despiden, y siendo madre de un niño, su destino es especialmente duro. Su mirada no busca lástima, sino justicia. Gabriel no puede ayudarla y aquella impotencia se convierte en la primera derrota de su mandato.

Mientras tanto, la sombra del señor Brosard se instala en la tienda. Diloe, su enviada, entra con determinación para imponer nuevas reglas. Cambia la organización, trastoca el orden habitual y sustituye artículos por los de su propia línea. Nadie se atreve a cuestionarla. Gabriel observa la escena junto a Carmen, Gema y Claudia, sintiendo cómo su propio territorio se le escapa entre las manos. Cuando una dependienta pregunta si los despidos han sido cancelados, él apenas puede sostenerle la mirada. Responde con un hilo de voz: “Solo se reducirán”. La ilusión inicial se disuelve, y queda un vacío amargo que señala todo lo que ha salvado… y todo lo que ha perdido.

Avance del próximo capítulo de Sueños de libertad: Andrés se enterará de la  propuesta de matrimonio... ¡Y le pedirá explicaciones a Begoña!

Los conflictos no tardan en alcanzarlo en su vida familiar. Luis, su primo, llega sin intención de felicitarlo. Lo enfrenta con rabia: Joaquín ha sido obligado a marcharse y, para él, Gabriel no es un salvador, sino un traidor. Lo acusa de haber entregado su herencia y permitir que los franceses devoren la empresa desde dentro. Pero la herida más profunda llega en su hogar. Begoña se entera de que Gabriel ha tenido que ceder la línea de alta gama, la misma que será trasladada a París. Su decepción es evidente. Le suplica que siga luchando, sin imaginar que Gabriel ya no tiene más fuerzas que ofrecer. Es director, sí, pero se ha quedado terriblemente solo.

Mientras todo esto ocurre, en la familia De La Reina las tensiones se agravan. Lo que parecía ser la decisión más esperanzadora —la adopción de Julia— se transforma en un combate emocional. Digna siente su orgullo herido; cree que Damián ha actuado a sus espaldas. Intenta explicarle la situación a la niña con dulzura, pero cuando se enfrenta a Begoña, su voz tiembla. Su mayor temor no es perder autoridad… sino perder a Julia. Y lo expresa con claridad: “Si le ofrecen a Gabriel un puesto en París, ustedes se la llevarán”. Su angustia no es una exageración; es una amenaza real.

Por otro lado, Joaquín, devastado tras su salida de la empresa, recibe una propuesta inesperada: convertirse en director de producción en Floral, la competencia. Entre los consejos de su madre y los de Gema, su corazón queda dividido. Para su esposa, es una oportunidad de asegurar el futuro de la familia; para Digna, es una traición que jamás podrá perdonar. Que un miembro de los De La Reina trabaje para el rival es un golpe directo al orgullo familiar.

Lejos del mundo empresarial, en el bar se aproxima una explosión emocional. David enfrenta a Gaspar con una revelación que lo deja helado. El hombre más calmado de la colonia se queda sin palabras, incapaz de reaccionar. David, en cambio, muestra una seguridad casi desafiante. Lo que dice es lo bastante poderoso como para cambiarlo todo. Puede tratarse de un secreto personal de Gaspar o de una confesión que lo desestabilice para siempre, pero lo cierto es que ese momento promete estremecer la colonia.

Sin embargo, la verdadera tormenta recae en Andrés. Su mente, antes envuelta en la niebla, empieza a aclararse. Fragmentos de su pasado vuelven con fuerza y lo que descubre lo aterra. Recibe una llamada desde París: la hija de Remedios le revela algo que lo deja inmóvil. Antes de perder la memoria, él mismo la llamó para pedirle que se escondiera. Andrés no recuerda nada, pero aquella pieza cambia por completo el rompecabezas. Manuela confirma que encontró una carta en su chaqueta el día de la explosión y se la entregó a María, quien aseguró no saber nada. Era mentira.

La hija de Remedios llama de nuevo y grita: “Tú sabes que te envié una carta, Andrés”. Entonces todo encaja: la carta enviada desde París, la carta de Enriqueta… era la clave perdida. Su mundo se derrumba. No solo perdió la memoria, también fue engañado por la mujer con la que comparte su vida. María ocultó la verdad, lo dejó vivir en la sombra y ahora Andrés se siente atrapado entre ella y Gabriel, cuyo papel en todo esto vuelve a convertirse en un misterio. Andrés está más solo que nunca.

Capítulo de hoy de Sueños de libertad; 4 de octubre: Andrés insinúa darse  otra oportunidad con Begoña

En la empresa, Gabriel experimenta su primer día como director. Observa una foto de Jesús con una mezcla de melancolía y ambición. María entra en el despacho con una sonrisa afilada. “Felicidades, flamante director”, murmura con ironía. Su conversación es un duelo sutil. Gabriel defiende sus decisiones: necesitaba ganarse la confianza de Damián, y lo ha conseguido. María lo reta, insinuando que ha dejado cabos sueltos que podrían ponerlo en peligro. Él mantiene la calma, asegurando que tiene todo controlado, incluso a Isabel y a Remedios. Su sonrisa oculta la frialdad de quien está dispuesto a ir más allá de lo moralmente aceptable.

Andrés irrumpe entonces en el despacho. María se sorprende cuando anuncia que volverá al trabajo. Pero la escena se congela cuando un torrente de recuerdos regresa a su mente: la explosión, los gritos, la voz de María suplicándole que no fuera a la fábrica, la mirada distante de Gabriel… y la verdad: el responsable era él. Andrés disimula, toma aire y decide que aún no es momento de revelar nada. Al quedarse solo, llama a un número. “Soy Andrés de la Reina. Necesito verle hoy mismo”.

En el despacho, Gabriel hace una llamada clandestina al señor Brosard. Le asegura que todo avanza según lo previsto y que, en pocos meses, el control total será suyo. Su sonrisa es la de un hombre que ha aceptado venderlo todo por poder.

En otro rincón, Andrés se encuentra con el detective Ángel Ruiz. Y allí lo dice sin rodeos: “La explosión no fue un accidente. Fue un sabotaje. Y sé quién lo provocó: mi primo Gabriel”. El detective lo observa, incrédulo. Andrés insiste: lo confesó antes de la explosión, pero entró en coma y al despertar ya todo había sido manipulado.

La guerra está declarada. Y nadie saldrá indemne.